Señor ministro,

Te vi el otro día mientras almorzaba con un amigo y por alguna razón sentí como en mi pancita se agriaba la pasta alfredo que acababa de tragar.

Te veías tan tranquilo disfrutando de tu comida, mientras tanto, yo no veía la hora que parara de llover para poder largarme y dejar de ver tu patético rostro.

Pero no fue hasta después de pasada la indigestión que se me aclaró un poco el pensamiento y vinieron a mi cabecita todas las preguntas que te había hecho de no haber estado tan revuelta y no he dejado de repetirme cómo sería aquella escena si no hubiera optado por abstenerme de hablar.

“Susana Lezcano, mucho gusto. No me he perdido ni un solo capítulo de la saga de Danielito y el muertito en el closet. Muy entretenido, no cree?

Como le iba diciendo… oigáme, pero a usted lo veo muy tranquilo por la calle. Acaso no le preocupa que se le acerquen y le hagan preguntas y comentarios impertinentes como los que me pica la lengua por hacerle?

Ya vi el comunicado que publicó hace un par de días. Es más, lo tengo en mi escritorio, esperando a ser leido. Me pregunto en cuánto le está saliendo el relajito. Si en Crítica ahorita un anuncio se vende a $15 por pulgada columnar… O usted tiene billete o eso está saliendo de la plata que seguramente se está robando en su puesto de funcionario público. Por favor, sáqueme de la duda, pero igual no le voy a creer.

Anyways, usted habla sobre su familia, su reputación, su tranquilidad AHORA. ¿No se le ocurrió en ese entonces que ese muerto iba a resurgir en algún momento para atormentarlo a usted y su familia? ¿Que tal durmió los últimos 30 años? ¿Realmente pudo dormir tranquilo pensando que nada de esto saldría a la luz? ¿Y su esposa y sus hijos? Por favor, dígame que usted ya estaba casado para ese entonces. Si yo fuera ella, creo que hubiera salido corriendo al saber que me estaría casando con un asesino… o cuál fue la versión que le contó?