Latest Entries »

La pizza que nunca fue

Este sábado veníamos ya de noche regresando de un viajecito al otro lado del puente, cansados, con hambre y sin ganas de cocinar, por lo que propuse invitar a la family a una pizza.
Para ahorrar tiempo, llamamos para que la tuvieran lista y que solo fuera cuestión de bajarse y pagar.
Nos encontramos con algo de tranque un poco antes del Rod Carew, así que demoramos un tanto más de lo pensado, y con la idea de que muy probablemente comeríamos pizza recalentada.
Cuando finalmente llego a la caja, ya pasadas las 7 p.m., el muchacho toma mi nombre, verifica en su pantallita y me dice que mi pedido ya venía saliendo, a lo que entendí que enseguida me la daban, y fui pagando por ahí mismo.
En eso, entra mi mamá apurada, y me dice que mi tío estaba mal ubicado y ya se estaba desesperando, y regresa al carro.
No han pasado ni dos minutos y se escuchan los pitazos afuera. Entonces, vuelve a entrar mi mamá, con la noticia de que nos íbamos, no sin antes expresarle su molestia en vista de que cuando llamamos nos habían dicho que la pizza estaría lista en 17 minutos, pero había pasado más del doble y aun no estaba lista.
Le dije al muchacho que regresaría y nos fuimos. En el trayecto a casa, me tocó escuchar a mi tío decir que el ni loco ni comia esa pizza. “Quien sabe si la mean o te la escupen solo por joder”.
Por supuesto, que con ese comentario hasta el hambre se me espantó, y tampoco ayudaba mucho la posibilidad de que no me regresaran mi dinero ya que había pagado con mi clave y mi mamá me había advertido que en la farmacia no pueden hacer devoluciones en esos casos. Además, quién me había mandado a pagar si no tenía la pizza en mano.
“Músico pago toca mal son”, fue lo que dijo mi abuela.
Regresé al restaurante luego de dejar a la familia en casa y llamé a la puerta de servicio, ya que la caja estaba desatendida.
Salió el mismo joven que me había cobrado no hacía ni 15 minutos.
“Hola, vengo por una devolución”.
“Ah. ¿Entonces ya no quiere la pizza?”
“No. Yo solo fui a dejar a mi hijo de dos años y a mi abuela de 78 en casa. Después de todo esto, lo que me coma me va a caer mal y la verdad prefiero que me regresen mi dinero.”
El muchacho vuelve a entrar y sale con dos cajas, y alguien que supongo era la supervisora del turno me dice que me estaban incluyendo de cortesía unos bread sticks (que por cierto, ni me gustan).
“Mire, la verdad no creo que con eso lo vaya a resolver”, le dije. “Mejor regrésenme mi dinero”.
El muchacho solo abrió la caja y me dio mis $14.45 sin chistar.
No niego que salí con cierto sentimiento de logro, sobre todo luego del rechinchal de mi mamá y mi tío, además que cuando regresé a casa ya mi tío se había ido y ni mi mamá ni mi abuela querían nada, y la verdad, no las culpo.
Luego, me cae el cuarita de que alguien que seguramente gana salario mínimo haya tenido que pagar por esa pizza que no me comí.
Hoy pasó mi tío por la casa y preguntó cómo me había terminado de ir, a lo que le narré la escena (y las dudas) que aquí comparto.
Me dice que espere que esto le haya servido a quien haya sido responsable por la demora para tomar algo más conciencia y que no le volviera a ocurrir.
Si hay algo cierto aquí, es que hay lecciones que salen caras…

Anuncios

La Asamblea

El domingo pasado fue la asamblea anual de la cooperativa de los farmacéuticos, evento al que llevo acompañando a mi mamá desde que tengo uso de razón, y ahora, tengo tres años asistiendo en calidad de cooperativista.
Esta asamblea se realiza una vez al año y es un evento un tanto largo, por lo que mamá y yo fuimos tempranito a firmar para participar de la tómbola e hicimos un par de mandados con Napo antes de regresar a las votaciones.
Ya habíamos llegado a la parte de asuntos varios, pensando que repartirían los premios, almorzaríamos rápido y regresaríamos a casa, cuando uno de los presentes toma la palabra y empieza a quejarse del hecho de que por venir a la asamblea no pudo participar del Domingo de Ramos.
La presidente de la cooperativa muy diligentemente le dijo que ella había ido a misa de 6:30 a.m., por lo que la asamblea no debía ser considerado impedimento. Esto desencadenó un drama que facilito se extendió media hora: que si “participar” era más que solo ir a la misa, que si el hacer la asamblea esa fecha era un irrespeto a los católicos (los demás grupos cristianos que se pudran, ¿no?), que si eso fue falta de planificación, bla, bla, bla.
Mientras tanto, escuchaba frases como “¡Dios santo!” de una de las señoras en la fila atrás de mí, haciéndole competencia a los rugidos de mi panza.
Es muy fácil quejarse de la gestión ajena y para ser sincera, el haber hecho esta asamblea en un día como Domingo de Ramos no debió ser una desición fácil, pero tampoco una como para generar semejante drama.
Lo cierto es que aquí además del tema religioso había también uno de cumplimiento legal, con eso de que hay un tiempo límite luego del cierre fiscal para celebrar la asamblea, sin contar el lío de encontrar un local con la infraestructura y capacidad para >300 personas y que estuviera disponible un domingo que no fuera conflictivo con alguno de los festivos que hay antes del fin de marzo y que diera tiempo de imprimir y repartir los estados financieros de la cooperativa a sus miembros, que ya pasan los 700.
A mi criterio, si esta persona estaba tan preocupada por participar de una forma más activa, tenía la opción de no ir a la asamblea y listo. Bien dice mi mamá que no puedes estar en la procesión y en repiqueteo, o algo así.
Si el tema era quejarse, hubiera sido muy fácil decir que era adventista y que me sentía ofendida por la falta de opciones sin cerdo en los sandwiches del coffee break… O peor aun, pude haber dicho que era budista y que no tomaron en cuenta tener alimentos que no fueran de origen animal.
A las finales, por religión se vienen matando en Medio Oriente…

Hoy anunciaron oficialmente la muerte de Hugo Chávez Frías.
Digo “anunciaron” porque realmente no sabemos a ciencia cierta si fue que falleció hoy, o en diciembre como dice Willie Cochez.
La cosa es que gústele a quien le guste (no hay forma bonita de poner esto): pasó lo que tenía que pasar. Hugo Chávez era una persona, un ser humano, a carbon based life form, así que eventualmente iba a morir.
No digo que su vida o su muerte no sean eventos trascendentes y sí, se trata de alguien que fue hijo, esposo, padre, amigo y posiblemente hermano de alguien que muy seguramente hoy lo llora, pero me pregunto si realmente se merece la retrahila de halagos y lamentos que mandatarios y líderes ahora le profesan.
Si me preguntan, y hablo en base a las consecuencias del éxodo venezolano hacia Panamá y conversaciones con estos expatriados, solo podría deducir que Chávez se dedicó a hacer caridad con el bolsillo ajeno, ganándose a las clases populares con programas de altísimo interés social al tiempo que expropiaba y ahuyentaba la inversión privada y hacía insostenible la vida para la clase media de su país.
Hoy vemos una nación hermana dividida en la alegría y la incertidumbre, y los resultados de estos sucesos ya resuenan en Panamá.
No dudo que Chávez cambió muchas vidas, pero ya quedará a la historia juzgarlo.

Papá pródigo

Ya hace un poco más de un mes que tengo a mi hombrecito conmigo luego de esa nada ceremoniosa entrega en el juzgado.

Eso solo fue “firma, coge tu chiquillo y pa lante”, pero estoy segura que nunca en mi vida había estado tan contenta de firmar algo… Es un sentimiento de alivio, de ligereza y todo a tu alrededor da vueltas rápido, rapidito. Tal vez así sea como se siente un preso después de haber terminado su condena.

Durante este mes, su papá solo había venido a verlo cuatro veces. Incluso, las dos primeras semanas que Daniel estuvo conmigo pasaron sin que el susodicho diera señales de vida.

Fue mi mamá quien le dijo que no teníamos objeción en que lo viera y si no ha venido más, es porque no ha querido. Después de todo, él no tiene ninguna medida de protección en su contra como la que me puso a mi.

Tomás es el papá de mi hijo y sé que se hacen tanta falta como Daniel y yo esos cuatro meses que estuvimos separados.

Aun con todo lo que nos hizo pasar, en mediación le propuse, luego de ya haber acordado que yo tendría la custodia de Daniel, que él podría verlo todos los días si así quería siempre y cuando me lo regresara puntualito. Él no aceptó ya que según su muy versada opinión “eso no era equitativo”.

No sé cómo tiene el descaro de venir a hablar de equidad cuando fue él quien secuestró a mi hijo y utilizó cuanto recurso legal pudo para que ni siquiera pudiera acercarme a él.

Su propuesta era que Daniel pasara tres días a la semana conmigo y tres días con él, alternándonos los domingos. Lo siento, pero mi hijo no es un paquete para estar mudándolo de casa en casa, además que ningún juez de familia en su sano juicio aceptaría validar un trato semejante.

Como no llegamos a ningún acuerdo, tocará esperar hasta una nueva audiencia en junio, pero mientras tanto, mi hijo está conmigo.

Ayer se apareció nuevamente con un cartucho de super, igual que en las ocasiones anteriores: dos cajas de cereal, una lata de fómula de las más grandes, unas cuantas manzanas, juguitos de cartón y alguna burundanga.

De las latas de fórmula que ha traido, apenas acabamos de abrir una y tenemos dos más en la despensa aun intactas. Ahora lo único que puedo pensar es que o a él no le da la cabeza para comprar otra cosa o es que allá tenían a mi hombrecito solo a punta de leche.

Hablamos de un niño de dos años con (muy) buen apetito y siempre ha comido bastante y de todo. Incluso, cuando aun no le introducíamos alimentos sólidos, él te velaba lo que estuvieras comiendo, así fuera un bistec.

Mientras tanto, Daniel se hace más grande y fuerte y come como campeón todo lo que su mami le hace.

Y llegó mi milagrito (II parte)

Mi niño entró con precaución, inspeccionando la casa. Después de todo, luego de casi cinco meses fuera, no nos hacíamos ilusiones de que recordara el primer hogar que conoció después que lo tragimos del hospital, a los tres días de nacido.

Miró los muebles, el arbolito y el nacimiento, y se iba haciendo camino dentro de la casa.

Abrimos la puerta de atrás y salimos al patio un rato, pateamos pelota y rodamos juntos en la grama.

Napo corría de un lado a otro como un cachorrito a sus anchas.

Mientras tanto en la terraza, mi tío había empezado a armar el aro de basket que compramos, pero la caja se veía mucho más atractiva.

Dice mi hermana que Daniel no entendía cuál era el regalo, pero la realidad es que una caja vacía siempre está llena de posibilidades.

Nos metimos un rato al cuarto e hicimos nuestro escondite bajo las sábanas, como cuando era un bebé.

Y se reia como solo lo hacía con nosotros. Ese niño callado y de mirada triste del juzgado ya no estaba.

Mi abuela había hecho arroz con guandú, plátano en tentación y pollito para el almuerzo y Nipo se lo bajó toditico.

Seguí a Daniel al árbol, agarró un regalo y arrancó el papel con toda la propiedad del caso, como si supiera que ESE regalo era para él (y lo era).

Pasamos el día jugando y tratando de meter canasta. Alzábamos a Daniel y apenas ponía los pies en el suelo daba vueltas como un trompo. Era el bailecito de victoria más chistoso que he visto.

En la noche fuimos a misa. Daniel hablaba, aplaudía y le hacía ojitos a las señoras al lado nuestro, pero ya el cansancio se le iba notando.

Cuando menos acuerdo, Napo me haló de la mano y nos metimos a la salita del confesionario, donde con todo y la gente que ahí estaba escuchando el servicio, Daniel me llevó de paseo.

Le decía bajito “Shhh”

“Shhh”, me respondía él con el dedito en los labios.

Finalmente pudimos salir de la salita, tras los ojos de muchachitas que miraban a mi niño con gracia y asombro.

Justo para cuando dábamos la paz, Daniel se puso inquieto y aprovechamos para salir un rato. Perdí la cuenta de cuantas veces recorrimos el pasillo afuera de la iglesia, pero en cada vuelta saludaba a la gente que escuchaba la misa desde afuera, niños y viejos por igual. Ya me veo trabajando campaña por allá en el 2049…

Corríamos juntos y de cuando en cuando, nos deteníamos a ver los fuegos artificiales que ya estaban empezando.

¡Y la luna! Mi Napo alzaba los bracitos para alcanzarla.

Le dije que esa era la misma luna que nos abrazaba en la noche, cuando lo tenía lejos. Ya era menos lo que tendríamos que esperar para estar juntitos, en familia él y yo.

Al término de la misa estábamos rendidos. A penas entró al carro, agachó la cabeza y se quedó dormido.

Ya en casa le puse su pijama. Estaba tan dormido que ni se dio por enterado de los cohetes que tronaban los vecinos afuera.

Lo apreté, lo mordí, lo majé y me acurruqué con el.

Hoy tu papá te llevó de vuelta a esa casa donde nadie convive, donde nadie celebra, donde nadie ríe.

Ya pronto estarás de vuelta con mamá.

Y llegó mi milagrito (I parte)

Hoy mi Napo regresa a casa por primera vez desde que su papá se lo llevó ese domingo de agosto.

Pasamos este fin de semana poniendo arbolito y nacimiento para que Daniel encuentre su casa llena de vida, como él se lo merece y aun siento el olor a mostaza y ajo de adobar las carnes anoche.

En menos de una hora su papá debe entregarlo para pasar Nochebuena conmigo y las dudas invaden mi cabeza.

¿Tomará tetita todavía?

¿Será ese niño buen diente que conosco?

¿Dormirá esta noche a gusto con su mamá?

Las dudas invaden mi cabeza, pero mi corazón las saca de un puntapié.
Mi Napo es mi Napo…

Con las botas puestas…

Según las bolas que vienen corriendo hace rato, los mayas predijeron que mañana es el fin de algo.

Si eso es cierto, hoy, entonces, es nuestro último día para vivir, amar, gozar, reír… O dar la batalla.

Hoy, después de 137 días, toca la audiencia por guarda y crianza de mi Daniel; una batalla, que si me preguntan, innecesaria y que solo ha servido para desgastar cuerpos, almas y bolsillos.

Me ha tocado pelear, pero tengo conmigo a una familia que va más allá de aquellos con quienes comparto sangre y un apellido.

Está mi mamá, una mujer fuerte que nunca ha agachado la cabeza por nada ni por nadie, y tampoco me enseñó a hacerlo.

Están mi hermana y mi prima, quienes han sido pilar para mantener la cordura durante esta situación, y mi tío y mi abuela, quienes nunca nos han soltado la mano tampoco.

Están mis amigos, desde esos que me conocen hace 20 años hasta los que a través de este blog han conocido mi historia.

No he compartido esta historia porque sea bonita, ni por que sea fácil, sino porque ninguna otra mamá ni ningún otro hijo debe pasar por lo estamos Napo y yo pasando hoy.

Hoy hay día, sino hoy. ¡A la carga!

Nuestro reencuentro.

Luego de 129 días de espera, logré ver a mi hijo.

Ya hacía unos días nos habían aprobado unas visitas provisionales mientras se aclaraba el tema este de la advertencia en la Corte Suprema, dado que mientras eso no se resolviera, la juez no podía ejecutar la entrega tal y como ella lo había determinado a principios de septiembre.

Para empezar, serían sesiones de una hora, programadas para martes y jueves por tres semanas, y de ahí en adelante Napo pasaría conmigo los domingos, e incluso ya estaba reglamentado que me tocaba Nochebuena y Año Nuevo con él.

Teníamos la esperanza de poder verlo la semana pasada, pero en vista de que prenda de Tomás no fue a notificarse el mismo día que lo llamaron, hubo que colocar un edicto y por lo tanto, tendríamos que esperar siete días hábiles para que el edicto estuviese debidamente ejecutoriado (términos legales) y entonces poder iniciar los “acercamientos”, como le llaman.

No sé si el es o se hace, pero con aun que no se había cumplido el término, el martes llevó a Napo al juzgado “para las visitas”, y por supuesto, no estuvimos ahí ya que se suponía que no iniciarían hasta la próxima semana… Y así con que aun hoy no era tiempo, igual fuimos, a ver si se aparecía.

Se supone que las visitas eran solo para mí, pero todos queríamos ver a Daniel. Después de cuatro meses, tampoco creo que nadie de mi familia se hubiera querido perder la oportunidad de darle aunque sea un abrazo.

Y ahí estuvimos mi mamá, mi hermana, mi tío, mi abuela, mi prima y yo. Salimos temprano, con tanta suerte que no encontramos casi tranque y encontramos estacionamiento sin problema (dos logros en esta ciudad), pero aun tocaba esperar a las 2 p.m. a que abrieran nuevamente el juzgado y aun no veíamos señales de Daniel. Después de esperar un rato, lo vimos llegar. Iba en brazos de Tomás, y su abuela al lado.

Mi primer impulso era salir del carro y abrazar a mi hijo, pero tuve que contenerme. Había que evitar a toda costa cualquier cosa que pudiesen utilizar en nuestra contra. Ya habían dicho suficientes mentiras sobre mí y de mi familia y no íbamos a dar pie a nada.

A penas vimos que pasaron la puerta fue que nosotros salimos del carro.

Entramos a las oficinas donde me había tocado entrevistarme con una trabajadora social hace ya unos meses y ahí estaba Tomás con Daniel, MI hijo.

Traté de cargarlo, pero por supuesto, lloró. Mi mamá intentó también, pero sin éxito.

Lo volví a cargar y le canté y lo bailé. Poco a poco se fue calmando y cuando menos acuerdo, escucho un suspiro y Napo pone su cabecita en mi hombro. ¡Eso fue too pa’l campeón!

Seguimos a la psicóloga a un cuarto que decía “sala de infantes”. El mobiliario era escaso: un par de mesitas para niños, una par de cajas con juguetes mochos y maltrechos, una cocinita de juguete y un escritorio.

Mi Napo y yo exploramos el cuarto juntos mientras respondía las preguntas de la psicóloga.

“¿Cómo se llama?”

“¿Cuántos años tiene?”

“¿Cuál es su nivel de escolaridad?”

 “¿Cómo se llama el niño?”

“¿Hace cuánto que no lo veía?”

“¿Por qué?”

Le conté también sobre nuestra última salida juntos. Justo el día antes de que Tomás se lo llevara, habíamos ido al teatro a ver a la tía Koshy en la Cenicienta, y Daniel pelaba los ojitos cuando veía las luces de la carroza encenderse y a los ratones en el escenario.

Nipo corría y se metía en un carro parecido a los que ponen en la parte de delante de las carretillas del super y yo le daba vueltas y él movía sus piececitos como en los Picapiedra.

Salía del carro. Tumbaba las cajas y agarraba los juguetes que había. Se metía al carro de nuevo.

Cada vez que podía lo agarraba y lo apretaba y lo besaba. Mi niño está grande y guapo. Los ojos no le han cambiado y tiene los rulos igualitos a los míos cuando tenía su edad.

¡Y tenía la boca llena de dientes! A penas tendría cuatro dientecitos abajo y dos dientecitos arriba la última vez que lo vi, aquel domingo.

Mientras, nuestra familia esperaba afuera, y miraba a través del vidrio. Yo alzaba a Daniel para que pudiera saludaros.

Intenté un par de veces de darle de la frutita que le llevaba, pero no la quiso. Lo que sí agarró con ganas fue su vaso de Perry el ornitorrinco que le había regalado su tía Elba, con juguito de manzana, y su carrito rojo. Ronald McDonald se quedó corto conmigo…

Al término de la hora, la psicóloga nos indicó era tiempo de irse, pero Daniel se regresaba a seguir jugando.

Salimos y ahí estaban todos esperando para apretar a Daniel. Mi hijo nunca fue un niño huraño y cuatro meses separados no lograron que se olvidara de los suyos.

Su papá y su abuela esperaban al otro lado de la puerta, y ahí estaba mi hombrecito, sentadito encima de mí y no se paraba. La psicóloga tuvo que llevárselo.

Si él no se quería ir, yo no era nadie para obligarlo.

Solo me preocupaba la tristeza en su mirada, pero eso es algo que resolveremos cuando regrese a casa.

IMG-20121213-00044

Mi Napo cumplió dos añitos.

Hablamos de 731 amaneceres, 1,052,640 minutos y dos traslaciones alrededor del sol… puesto en esos términos, suena como mucho camino recorrido por un hombrecito tan pequeño.

Confío en que está bien. El siempre ha sido un niño sano, dulce, inteligente, vivaracho, y mientras eso sea así, no debo preocuparme.

Hay mucho de lo que nos hemos perdido estos últimos cuatro meses, pero aun no se ha inventado prueba de la cual Dios no me haga salir con éxito. Él no me ha fallado y yo no le fallaré a mi niño… Solo hay que tener fe.

Este tiempo que he pasado separada de mi hijo no pesa lo suficiente como para echarse al traste todo lo que tenemos por delante.

Confío que pronto lo tendré en mis brazos de nuevo.

Nada que valga la pena viene fácil. Sé que pronto se nos hará el milagro y pronto dejaremos de contar.

Mi Napo y yo

Mi Napo y yo

Día 116

Poco a poco, las buenas noticias se han dado. Aun hay un par de trabas, gracias a ese sistema legal tan moderno y expedito que disfrutamos en Panamá, pero Dios quiera que tenga a Napo pronto conmigo.

Me dicen que sea paciente, que solo falta un par de cosillas para que todo se resuelva. Ese par de cosillas toman tiempo (aye, there’s the rub), pero no me desanimo.

¿Que solo me queda ser paciente? ¿Esperar? Pídanle eso a otra.

Ladillo a mi abogada y a su equipo. Me voy al juzgado así sea que solo me vean la cara.

Leo, me instruyo. No me gusta que nadie me eche cuento.

Me río. Y mucho. Napo no puede encontrar a su mamá con el alma ni la cara arrugada.

Napo y yo tenemos muchos planes juntos, aventuras que emprender y charcos a los que saltar cuando me diga “agua allá”.

Mientras tanto, hay un documento muy importante en el escritorio del magistrado Salas que solo requiere su firma…