Algún día tenía que pasar, pero aun con sus 83 años encima y salud delicada, no deja de impactar la noticia de la muerte de Manuel Antonio Noriega.

Si bien su mando solo fue una fracción del total del régimen militar vivido en Panamá, los años bajo la bota de Noriega fueron los más oscuros de nuestra historia. No tenemos forma de adivinar qué tanto hubiese durado su dictadura de no haberlo sacado los gringos, pero me gustaría pensar que no fuese tanto que hoy estuviéramos en la situación de Venezuela, en la miseria y con la expectativa de quién sería el siguiente en usurpar el poder.

No me alegra su fallecimiento, sin embargo no dudo que habrá gente que hoy respira tranquila. Muy al contrario, me duele su muerte. Pero no me duele porque se trate de otro ser humano, sino por todos los secretos que se llevó a la tumba.

Murió Noriega y con él la oportunidad de muchísimas familias de cerrar un ciclo e incluso de hacer duelo. Han pasado 27 años de su derrocamiento y aun no sabemos realmente cuánta gente murió durante la invasión, dónde están los desaparecidos ni dónde quedó la cabeza de Hugo Spadafora. Ahora, dudo mucho que el sea el único en saber esto último, pero los otros que tal vez sepan, probablemente nunca hablarán.

Nunca pidió perdón ni al pueblo panameño ni a los deudos de aquellas personas que murieron durante su régimen, pero esto serviría de nada si nunca mostró arrepentimiento por sus acciones… ni genuino ni para las cámaras. Su arrepentimiento, asumiendo que lo haya tenido, tampoco le eximía de afrontar las consecuencias de sus acciones. Solo queda esperar que si no expió en esta tierra, que lo haga en otro lado.

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