Soy mujer y creo firmemente en la igualdad de derechos y acceso a oportunidades, sin importar el género.
 
Fui criada por una mujer fuerte, decidida y perseverante, que sola levantó dos hijas y es una profesional respetada en su campo, por lo que el concepto de la mujer como jefe de familia, en contraste a la ama de casa, no me es para nada extraño.
 
Incluso, recuerdo la disonancia que me causó escuchar al esposo de una tía repasar una lección de Educación para el Hogar con mi primo, diciéndole con gran convicción: el hombre es el jefe de la familia.
 
Tendría yo unos cuatro o cinco años en ese entonces, pero esa escena me quedó marcada. No solo por lo caricaturesco del cuadro, sino por aquella conciencia adquirida a tan corta edad de cuestionar roles sociales tradicionales.
 
Desde pequeñas nos introducen el concepto de aquellas cosas que una niña hace o no hace, aleccionándonos en roles según género. Las niñas son tiernas y delicadas; los niños rudos y fuertes.
 
Admito que me encanta que me abran la puerta y me cedan el paso. Cosas pequeñas como esa me hacen el día y las recibo con una sonrisa de oreja a oreja. En lo personal, no lo siento como un trato preferencial, sino como un trato justo. Como todos debemos tratarnos como seres humanos.
 
Tampoco siento que ser objeto de dicho trato perpetúe la trillada noción de la mujer como el sexo débil, ni me siento como tal. A mí, mi mamá me dejó bien claro que no hay nada que yo no pueda hacer.
 
Después de todo, es a nosotras a quienes nos toca ser madres y no hay en este mundo algo más contundente que eso para poner en evidencia lo fuerte que somos, tanto física como emocionalmente. Sin embargo no podemos negar que nuestro rol biológico y fisiológico como portadoras de vida, nos coloca en una posición vulnerable.
 
Es algo que es evidente hasta en el reino animal. En las aves por ejemplo, el macho tiene plumaje más colorido y exuberante que la hembra, haciéndola menos susceptible a convertirse en presa y permitiéndole proteger a las crías, procurando así la preservación de su especie.
 
En nuestra propia especie, el amamantar, que es probablemente el acto de vinculación más fuerte que una madre puede tener con su hijo, nos hace a la mujeres más prestas a defender a nuestra cría. Al amamantar, el cuerpo libera oxitocina y prolactina, aumentando nuestra tolerancia al estrés y haciéndonos más resistentes a situaciones conflictivas.
 
Nada de esto es indicio de debilidad.
 
He visto en varias instancias la interpretación distorsionada del concepto de “ayuda idónea”, cuando en el relato de Génesis, Dios decidió que Adán no debía estar solo. Para llenar este vacío, Dios creó una mujer, alguien para Adán de su misma especie, un ser de igual capacidad y habilidades complementarias. No un perro ovejero, como he visto que ciertas personas quieren que suene para poder sustentar otras agendas.
 
De mi salió un varoncito y tengo sobre mí la responsabilidad de criarlo de manera de que cuando le toque formar familia, lo haga con la conciencia de que esa persona a su lado es su igual y ayuda idónea, no una asistente ni mucho menos un trofeo.

Anuncios