Ya hace un poco más de un mes que tengo a mi hombrecito conmigo luego de esa nada ceremoniosa entrega en el juzgado.

Eso solo fue “firma, coge tu chiquillo y pa lante”, pero estoy segura que nunca en mi vida había estado tan contenta de firmar algo… Es un sentimiento de alivio, de ligereza y todo a tu alrededor da vueltas rápido, rapidito. Tal vez así sea como se siente un preso después de haber terminado su condena.

Durante este mes, su papá solo había venido a verlo cuatro veces. Incluso, las dos primeras semanas que Daniel estuvo conmigo pasaron sin que el susodicho diera señales de vida.

Fue mi mamá quien le dijo que no teníamos objeción en que lo viera y si no ha venido más, es porque no ha querido. Después de todo, él no tiene ninguna medida de protección en su contra como la que me puso a mi.

Tomás es el papá de mi hijo y sé que se hacen tanta falta como Daniel y yo esos cuatro meses que estuvimos separados.

Aun con todo lo que nos hizo pasar, en mediación le propuse, luego de ya haber acordado que yo tendría la custodia de Daniel, que él podría verlo todos los días si así quería siempre y cuando me lo regresara puntualito. Él no aceptó ya que según su muy versada opinión “eso no era equitativo”.

No sé cómo tiene el descaro de venir a hablar de equidad cuando fue él quien secuestró a mi hijo y utilizó cuanto recurso legal pudo para que ni siquiera pudiera acercarme a él.

Su propuesta era que Daniel pasara tres días a la semana conmigo y tres días con él, alternándonos los domingos. Lo siento, pero mi hijo no es un paquete para estar mudándolo de casa en casa, además que ningún juez de familia en su sano juicio aceptaría validar un trato semejante.

Como no llegamos a ningún acuerdo, tocará esperar hasta una nueva audiencia en junio, pero mientras tanto, mi hijo está conmigo.

Ayer se apareció nuevamente con un cartucho de super, igual que en las ocasiones anteriores: dos cajas de cereal, una lata de fómula de las más grandes, unas cuantas manzanas, juguitos de cartón y alguna burundanga.

De las latas de fórmula que ha traido, apenas acabamos de abrir una y tenemos dos más en la despensa aun intactas. Ahora lo único que puedo pensar es que o a él no le da la cabeza para comprar otra cosa o es que allá tenían a mi hombrecito solo a punta de leche.

Hablamos de un niño de dos años con (muy) buen apetito y siempre ha comido bastante y de todo. Incluso, cuando aun no le introducíamos alimentos sólidos, él te velaba lo que estuvieras comiendo, así fuera un bistec.

Mientras tanto, Daniel se hace más grande y fuerte y come como campeón todo lo que su mami le hace.

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