Mi niño entró con precaución, inspeccionando la casa. Después de todo, luego de casi cinco meses fuera, no nos hacíamos ilusiones de que recordara el primer hogar que conoció después que lo tragimos del hospital, a los tres días de nacido.

Miró los muebles, el arbolito y el nacimiento, y se iba haciendo camino dentro de la casa.

Abrimos la puerta de atrás y salimos al patio un rato, pateamos pelota y rodamos juntos en la grama.

Napo corría de un lado a otro como un cachorrito a sus anchas.

Mientras tanto en la terraza, mi tío había empezado a armar el aro de basket que compramos, pero la caja se veía mucho más atractiva.

Dice mi hermana que Daniel no entendía cuál era el regalo, pero la realidad es que una caja vacía siempre está llena de posibilidades.

Nos metimos un rato al cuarto e hicimos nuestro escondite bajo las sábanas, como cuando era un bebé.

Y se reia como solo lo hacía con nosotros. Ese niño callado y de mirada triste del juzgado ya no estaba.

Mi abuela había hecho arroz con guandú, plátano en tentación y pollito para el almuerzo y Nipo se lo bajó toditico.

Seguí a Daniel al árbol, agarró un regalo y arrancó el papel con toda la propiedad del caso, como si supiera que ESE regalo era para él (y lo era).

Pasamos el día jugando y tratando de meter canasta. Alzábamos a Daniel y apenas ponía los pies en el suelo daba vueltas como un trompo. Era el bailecito de victoria más chistoso que he visto.

En la noche fuimos a misa. Daniel hablaba, aplaudía y le hacía ojitos a las señoras al lado nuestro, pero ya el cansancio se le iba notando.

Cuando menos acuerdo, Napo me haló de la mano y nos metimos a la salita del confesionario, donde con todo y la gente que ahí estaba escuchando el servicio, Daniel me llevó de paseo.

Le decía bajito “Shhh”

“Shhh”, me respondía él con el dedito en los labios.

Finalmente pudimos salir de la salita, tras los ojos de muchachitas que miraban a mi niño con gracia y asombro.

Justo para cuando dábamos la paz, Daniel se puso inquieto y aprovechamos para salir un rato. Perdí la cuenta de cuantas veces recorrimos el pasillo afuera de la iglesia, pero en cada vuelta saludaba a la gente que escuchaba la misa desde afuera, niños y viejos por igual. Ya me veo trabajando campaña por allá en el 2049…

Corríamos juntos y de cuando en cuando, nos deteníamos a ver los fuegos artificiales que ya estaban empezando.

¡Y la luna! Mi Napo alzaba los bracitos para alcanzarla.

Le dije que esa era la misma luna que nos abrazaba en la noche, cuando lo tenía lejos. Ya era menos lo que tendríamos que esperar para estar juntitos, en familia él y yo.

Al término de la misa estábamos rendidos. A penas entró al carro, agachó la cabeza y se quedó dormido.

Ya en casa le puse su pijama. Estaba tan dormido que ni se dio por enterado de los cohetes que tronaban los vecinos afuera.

Lo apreté, lo mordí, lo majé y me acurruqué con el.

Hoy tu papá te llevó de vuelta a esa casa donde nadie convive, donde nadie celebra, donde nadie ríe.

Ya pronto estarás de vuelta con mamá.

Anuncios