Según las bolas que vienen corriendo hace rato, los mayas predijeron que mañana es el fin de algo.

Si eso es cierto, hoy, entonces, es nuestro último día para vivir, amar, gozar, reír… O dar la batalla.

Hoy, después de 137 días, toca la audiencia por guarda y crianza de mi Daniel; una batalla, que si me preguntan, innecesaria y que solo ha servido para desgastar cuerpos, almas y bolsillos.

Me ha tocado pelear, pero tengo conmigo a una familia que va más allá de aquellos con quienes comparto sangre y un apellido.

Está mi mamá, una mujer fuerte que nunca ha agachado la cabeza por nada ni por nadie, y tampoco me enseñó a hacerlo.

Están mi hermana y mi prima, quienes han sido pilar para mantener la cordura durante esta situación, y mi tío y mi abuela, quienes nunca nos han soltado la mano tampoco.

Están mis amigos, desde esos que me conocen hace 20 años hasta los que a través de este blog han conocido mi historia.

No he compartido esta historia porque sea bonita, ni por que sea fácil, sino porque ninguna otra mamá ni ningún otro hijo debe pasar por lo estamos Napo y yo pasando hoy.

Hoy hay día, sino hoy. ¡A la carga!

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