Luego de 129 días de espera, logré ver a mi hijo.

Ya hacía unos días nos habían aprobado unas visitas provisionales mientras se aclaraba el tema este de la advertencia en la Corte Suprema, dado que mientras eso no se resolviera, la juez no podía ejecutar la entrega tal y como ella lo había determinado a principios de septiembre.

Para empezar, serían sesiones de una hora, programadas para martes y jueves por tres semanas, y de ahí en adelante Napo pasaría conmigo los domingos, e incluso ya estaba reglamentado que me tocaba Nochebuena y Año Nuevo con él.

Teníamos la esperanza de poder verlo la semana pasada, pero en vista de que prenda de Tomás no fue a notificarse el mismo día que lo llamaron, hubo que colocar un edicto y por lo tanto, tendríamos que esperar siete días hábiles para que el edicto estuviese debidamente ejecutoriado (términos legales) y entonces poder iniciar los “acercamientos”, como le llaman.

No sé si el es o se hace, pero con aun que no se había cumplido el término, el martes llevó a Napo al juzgado “para las visitas”, y por supuesto, no estuvimos ahí ya que se suponía que no iniciarían hasta la próxima semana… Y así con que aun hoy no era tiempo, igual fuimos, a ver si se aparecía.

Se supone que las visitas eran solo para mí, pero todos queríamos ver a Daniel. Después de cuatro meses, tampoco creo que nadie de mi familia se hubiera querido perder la oportunidad de darle aunque sea un abrazo.

Y ahí estuvimos mi mamá, mi hermana, mi tío, mi abuela, mi prima y yo. Salimos temprano, con tanta suerte que no encontramos casi tranque y encontramos estacionamiento sin problema (dos logros en esta ciudad), pero aun tocaba esperar a las 2 p.m. a que abrieran nuevamente el juzgado y aun no veíamos señales de Daniel. Después de esperar un rato, lo vimos llegar. Iba en brazos de Tomás, y su abuela al lado.

Mi primer impulso era salir del carro y abrazar a mi hijo, pero tuve que contenerme. Había que evitar a toda costa cualquier cosa que pudiesen utilizar en nuestra contra. Ya habían dicho suficientes mentiras sobre mí y de mi familia y no íbamos a dar pie a nada.

A penas vimos que pasaron la puerta fue que nosotros salimos del carro.

Entramos a las oficinas donde me había tocado entrevistarme con una trabajadora social hace ya unos meses y ahí estaba Tomás con Daniel, MI hijo.

Traté de cargarlo, pero por supuesto, lloró. Mi mamá intentó también, pero sin éxito.

Lo volví a cargar y le canté y lo bailé. Poco a poco se fue calmando y cuando menos acuerdo, escucho un suspiro y Napo pone su cabecita en mi hombro. ¡Eso fue too pa’l campeón!

Seguimos a la psicóloga a un cuarto que decía “sala de infantes”. El mobiliario era escaso: un par de mesitas para niños, una par de cajas con juguetes mochos y maltrechos, una cocinita de juguete y un escritorio.

Mi Napo y yo exploramos el cuarto juntos mientras respondía las preguntas de la psicóloga.

“¿Cómo se llama?”

“¿Cuántos años tiene?”

“¿Cuál es su nivel de escolaridad?”

 “¿Cómo se llama el niño?”

“¿Hace cuánto que no lo veía?”

“¿Por qué?”

Le conté también sobre nuestra última salida juntos. Justo el día antes de que Tomás se lo llevara, habíamos ido al teatro a ver a la tía Koshy en la Cenicienta, y Daniel pelaba los ojitos cuando veía las luces de la carroza encenderse y a los ratones en el escenario.

Nipo corría y se metía en un carro parecido a los que ponen en la parte de delante de las carretillas del super y yo le daba vueltas y él movía sus piececitos como en los Picapiedra.

Salía del carro. Tumbaba las cajas y agarraba los juguetes que había. Se metía al carro de nuevo.

Cada vez que podía lo agarraba y lo apretaba y lo besaba. Mi niño está grande y guapo. Los ojos no le han cambiado y tiene los rulos igualitos a los míos cuando tenía su edad.

¡Y tenía la boca llena de dientes! A penas tendría cuatro dientecitos abajo y dos dientecitos arriba la última vez que lo vi, aquel domingo.

Mientras, nuestra familia esperaba afuera, y miraba a través del vidrio. Yo alzaba a Daniel para que pudiera saludaros.

Intenté un par de veces de darle de la frutita que le llevaba, pero no la quiso. Lo que sí agarró con ganas fue su vaso de Perry el ornitorrinco que le había regalado su tía Elba, con juguito de manzana, y su carrito rojo. Ronald McDonald se quedó corto conmigo…

Al término de la hora, la psicóloga nos indicó era tiempo de irse, pero Daniel se regresaba a seguir jugando.

Salimos y ahí estaban todos esperando para apretar a Daniel. Mi hijo nunca fue un niño huraño y cuatro meses separados no lograron que se olvidara de los suyos.

Su papá y su abuela esperaban al otro lado de la puerta, y ahí estaba mi hombrecito, sentadito encima de mí y no se paraba. La psicóloga tuvo que llevárselo.

Si él no se quería ir, yo no era nadie para obligarlo.

Solo me preocupaba la tristeza en su mirada, pero eso es algo que resolveremos cuando regrese a casa.

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