No fuiste tú quien lo tuvo en su vientre por 37 semanas. No sentiste las pataditas ni las burbujitas en la panza.

Tampoco supiste qué eran náuseas ni extrañar mirarte tus pies.

No fuiste tú que tomó fotos de cada sonrisa, de cada mueca. Ni pasaste horas y horas acomodando fotos a la antiguita.

No fuiste tú quien le dio pecho por 14 meses. No era tu teta la buscaba cuando tenía hambre, aun cuando ya la había dejado.

No fue contigo que compartía una risa pícara cuando te clavaba el diente.

No sabes cómo es que le gusta su pancake ni sus huevitos ni pasta de lacito.

No haces “aserrín, aserrán” y nunca te has metido en una piscina de bolas con él.

No sabes el truco para que deje de llorar.

No correteaste con él en el jardín de la abuela, no sembraste ni seguiste a las hormigas ni las nubes con él.

No le cantas. Ni bailan apretadito mucho menos.

No era contigo con quien reía viendo a las clavadistas en las Olimpiadas. ¡Whoooosh!

No fuiste quien lloró en su primer día de escuela.

Ni te interesó quién era la Ardilla Pilla ni que vio caballos, gansos y que quiso agarrar una tortuga en la escuelita.

Pero lo alejas de su mamá y lo encierras en un calabozo mientras la piltrafa que llamas abogado lo tramita como si fuera mercancía.

¿Así dices que eres buen papá?

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