“Alguna mamá #bloggera por aquí? #mamastuiteras”, fue el llamado.

Era Isha, una mamá mexicana a quien hacía rato seguía por twitter. Una comparte temas de maternidad, lactancia, colecho… esas cosas que nos convierten a las mujeres de individuos a miembros de una tribu, de una hermandad.

“mande”.

No pasó mucho rato y recibí un DM de ella. Necesitaba ayuda para añadir una foto en un post que había colgado en su blog. Le di mi correo y ella me envió la foto y sus datos de administrador para que entrara, algo que definitivamente yo no haría.

La verdad no me costaba nada prender la compu rapidito y hacer el favor, además que si tan importante era para ella como para darle acceso a una extraña en otro país, por algo era.

Fue ahí cuando leí el post. Mi respiración se cortó.

Hacía dos semanas sus hijos, Nico y Sophie, habían sido secuestrados por su papá y desde entonces no los ha visto.

Eran otros nombres, otro país, pero su historia era la mía. La única diferencia era que ella se había atrevido a hacer pública la suya.

Hoy son 92 días desde que Tomás se llevó a Daniel de mi casa con engaños y amparado bajo tecnicismos legales y artimañas de un abogado sucio, lo ha mantenido lejos de mi.

Hablamos del mismo Tomás con quien compartí mi vida, al que le di un hijo y lo apoyé financiera y emocionalmente, aun cuando su propia madre decía que lo que el tenía, ganado honradamente, era demasiado para el.

En los últimos tres meses mi familia y yo hemos pasado por el proverbial calvario, entrando y saliendo de juzgados, consultando con abogados e incluso sometiéndonos a pruebas sicológicas para demostrar que no hay problema con que mi Daniel esté conmigo.

Ha dicho desde que soy una mamá negligente, que metí a Daniel en una guardería porque no me interesa cuidarlo, hasta que soy una persona violenta y que sufro de depresión, e incluso presentó un informe psicosocial de mi familia con datos falsos, elaborado por la esposa de su abogado en calidad de perito. Todos estos argumentos fueron diligentemente declarados como no probados por el fiscal de niñez y adolescencia al ver los reportes de medicina forense y trabajo social practicados por los especialistas del Ministerio Público tanto a mi niño como a mi y a mi familia.

Aun se me revuelve el estómago de pensar que a mi hijo lo tuvieran que llevar a ese mismo lugar donde le hicieran los exámenes a Wild Bill.

Luego de un mes, tuve un fallo en mis manos que decía que mi hijo debía regresar conmigo, cuando el trámite fue suspendido por una recusación y una advertencia de inconstitucionalidad en la Corte Suprema que introdujo el abogado de Tomás en contra de la juez. Eso fue a principios de septiembre.

En vista de que la juez había resuelto devolverme a Daniel, quedaba sin objeto decidir sobre las visitas supervisadas que habíamos solicitado mientras este tema se aclaraba, por lo que me quedé como el perro de las dos tortas.

En el juzgado nos decían que no había nada que impidiera que viera a mi hijo, pero tampoco había nada que le exigiera a Tomás dejármelo ver.

Logré conversar con el un par de veces y lo que hacía era tratar de marearnos con su abogado. Nos decía que nos dejaría ver a Daniel y luego se desaparecía. Parece que no le es suficiente la tortura de no estar con mi hijo y no acercarme a esa casa para evitar cualquier cosa que el pudiese utilizar en mi contra para que me haga pasar por su mamá como intermediaria para comunicarme con mi propio hijo, las raras veces que me contestan el teléfono, o que me diga, casi en éxtasis “está dormido”.

Pasaría un mes más para que se resolviera la recusación contra la juez, sin embargo, el abogado de Tomás ha logrado dilatar el asunto por lo menos una semana más con un recurso de reconsideración, lo que evita que el archivo sea regresado al juzgado original para que se ejecute la entrega de mi hijo. Y lo peor, citan como jurisprudencia un caso de derecho marítimo, como si mi hijo fuera algún bulto en aduana.

Me pregunta Isha que cómo le hago…

Peleo todos los días. Esto es temporal. He esperado pacientemente a que el proceso tome su curso, pero sin ser pasiva.

“Tu dolor es mi dolor,” me dice. “Aquí, nos acompañamos.”

Trato de consolarme pensando que mi hijo está bien, que independientemente de las razones enfermizas que tengan su abuela y su papá para retenerlo, lo cuidan bien y que esto es solo temporal, pero no deja de partirme el alma cada vez que alguien en el trabajo me pregunta por el y me toca sonreír y contestar “¡Está enorme!”

Mientras tanto, me refugio en mi familia, mis amigos y en mi trabajo.

Busco fuerzas en un Jesús, que más que deidad, para mi es un revolucionario.

Me renuevo en mi Daniel y en los planes que tengo con el y todas las noches de abrazos que nos toca recuperar.

No pienso hablarle mal a mi hijo de su papá, pero algún día el preguntará y no me quedará de otra que ser transparente con el. He llevado un relato detallado del caso, para que ninguno de los dos olvidemos lo que nos ha costado nuestra felicidad.

Mi mamá nunca me enseñó a doblegarme y no pienso aprender ahora.

Todo está en manos de Dios y mi abogada. Esto solo es el principio.

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