Este sábado tuve la oportunidad de visitar el Centro Supérate, de la Fundación Alberto Motta, en Villa Guadalupe, para hablar sobre el Programa de Becas Walton.

Hace ya unas semanas que recibí la invitación por parte de Carlos Smith, psicólogo del centro, para que fuera a conversar con los muchachos que ahí reciben clases.
Fue una invitación resultado de esas conexiones que se dan en el mundillo maravilloso de las redes sociales, y que por supuesto, no iba a dejar pasar. Intercambiamos un par de correos más para cerrar detalles y solo era cuestión de llegar.

Debo reconocer que estaba muy emocionada. Me dijeron que esperaban unos 25 chicos y hasta donde yo sé, esta era la primera vez que nos buscaban para hablar. Usualmente somos nosotros, los becados Walton, los que contactamos a los colegios, y terminamos visitando aquellos donde tenemos palanca porque nadie más nos quiere recibir.

Había salido de casa con el tiempo justo, sin embargo, tenía rato de no agarrar para esos lados y no contaba con la cantidad de reparaciones que ahora hay en el camino.

Logré llegar en la raya, pero yo de viva dejé mis llaves dentro del carro y tenía todo el delineador corrido por andar restregándome la cara, así que me tocó llamar a Tomás para que me trajera mi control de repuesto, y Carlos muy amablemente me prestó el baño para que me lavara la cara.

Cuando finalmente entré al salón, me encontré con una tropa de jóvenes ojiabiertos, tal vez con altas expectativas por lo que les iba a decir… Yo creo que fue que le metieron mucha pompa al asunto.

Y eché mi cuento… Cómo inició el programa. Cuáles son los requisitos. Qué documentos hay que enviar. Cómo es el proceso. Qué cubre la beca.

Algunos chicos preguntaban más que otros, pero no fue difícil mantener el interés. Se veía el ánimo, las ganas, el empuje de estos chicos, así como la ilusión en algunos, incredulidad de otros, ante una oportunidad como la Walton.

Confieso que traté de dilatar el asunto para darle tiempo a Tomás de llegar a rescatarme, pero cuando finalmente terminé con lo que tenía que decir, los chicos se acercaban a seguir preguntando, y poco a poco se fueron despidiendo.

Me alegra saber que muchos muestran interés en carreras científicas y aparentemente son muchachos convencidos de que a través de la educación podrán mejorar su calidad de vida y la de sus familias.

Mientras seguía esperando mi rescate, me quedé con Carlos y Yila, la subdirectora del centro, quienes me contaron un poco más sobre los chicos y el programa que ahí realizan.

Los estudiantes que asisten a este centro son becados por tres años para estudiar y obtener certificaciones en inglés e informática, y de forma complementaria, reciben también herramientas para la vida. Todo esto es financiado por la Fundación Alberto Motta.

En palabras de Carlos, estos muchachos son la creme de la creme de los estudiantes de San Miguelito. Aun con que viven en condiciones de muchas privaciones y entornos familiares complicados, van a dos escuelas y están involucrados en actividades extracurriculares, trabajan, cuidan de sus familias y son chicos modelo.

Conversamos sobre el sistema de valores que se maneja en muchos de los barrios y colegios de donde vienen, y que no ha sido fácil la labor de mantenerlos motivados con el esfuerzo que requiere mantenerse en un programa como este.

Afortunadamente no son muchos los casos de deserción que registran, y según lo que he visto, se pudieran evitar aun más si los padres tuvieran una mayor conciencia y visión a largo plazo de la diferencia que sus hijos pueden lograr si logran concluir.

En escencia, son jóvenes como estos los que buscamos para la Walton: brillantes, comprometidos y que tengan ese potencial de que su vida cambie una vez regresen a Panamá.

Esperaré a septiembre. Sé que escucharé de ellos pronto.

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