Este jueves ya pasadas las 10:30 p.m. me llamó mi mamá para informarme que el abuelo Cruz había fallecido. Su voz era serena y el comunicado sin mucha ceremonia.

Ya mi abuelo tenía una semana en el hospital en un estado cuasi-comatoso y después de cuatro derrames en 20 años, ya era hora que descansara.

No me sentí triste de inmediato, pero al rato caí en cuenta de algo que hasta ahora nunca había pasado por mi cabeza: Fui la única de las cuatro nietas de mi abuelo en haberlo disfrutado algo.

Yo tendría unos siete años cuando mi abuelo sufrió su primer derrame. Antes de eso, recuerdo haber paseado La Concepción con el, saludando de “bueno, bueno” a todo el que pasara, y asado pepitas de marañón en el fogón que había en el patio.

Mi prima Elba apenas tendría unos tres años, y mi prima Carolina y mi hermana estaban de brazos en ese entonces.

Según se, mi abuelo tuvo un segundo derrame en el hospital y ahí fue cuando se supo que era diabético, lo que le cambió la vida a toda mi familia.

Con terapia mi abuelo logró recuperar algo de movilidad de su lado derecho y por algunos años se movía con dificultad usando un bastón. Aun con todo, creo que el nunca perdió la esperanza de volver a caminar.

Hubo una época, luego de que nos lo trajéramos a el y a mi abuela a Panamá, que lo llevábamos a comprar sus billetes de lotería o de paseo los fines de semana.

Eventualmente dejó el baston y ya en el último año y medio, solo lo movíamos en su silla de ruedas y había empezado a usar pañales. Incluso llamaba a gente del pueblo, algunos habían muerto hacía años.

Su cuidado se hacía cada vez más difícil y entre mi mamá y mi abuela se hacían cargo. Mi tío ayudaba a bañarlo y vestirlo los fines de semana y por un tiempo tuvimos la ayuda de una señora que iba a la casa tres veces por semana, aunque eso solo nos duró hasta que le consiguieron un trabajo en otro lado.

A mediados de enero de este año mi mamá hizo la prueba de ponerlo en un asilo. Fue una desición difícil, pero los cuidados que requería iban más allá de las posibilidades de mi mamá y mi abuela, en especial con un par lindas costumbres que había agarrado mi abuelo, entre ellas quitar la baranda de la cama con el brazo “bueno” y tirarse al suelo.

Mamá investigó en algunos sitios y finalmente se decidió por uno en El Bosque, donde están la tía y el papá de un amigo de la familia. Esto, aun con que no le convencía mucho la idea de que en el hogar eran solo tres golpes de comida. Mi abuelo estaba acostumbrado a sus meriendas y ahí no iban a tener esas especialidades con él.

En las semanas previas a un viaje que mi mamá tenía planificado con mi abuela y mis tíos, ella iba a asegurarse que comiera algo de fruta antes de dormir, no fuera a ser que durante la noche se le bajara el azúcar.

Durante la semana que la familia estuvo fuera, mi hermana y yo tomamos turnos para ver al abuelo en el hogar. Una le llevaba un yogur en la mañana, la otra le llevaba galletas en la tarde, y ambas debíamos revisar el cambio de vendajes en un dedo que se había golpeado.

Mi abuelo continuaba intentando tirarse de la cama, lo que causó un par de moretones y las enfermeras llegaron a sedarlo en la noche para que no se lastimara. A pesar de ver el dedo de mi abuelo cada vez más negro, la auxiliar decía que estaba bien.

Al final, mi abuelo perdió el dedo y la dueña del hogar pidió que nos lleváramos a Cruz, que era muy problemático. El día que nos lo llevamos de vuelta, el pobre iba turulato porque a las misses se les fue la mano con la medicación que le pusieron.

Ya de vuelta en casa, no pasó más de una semana antes de que mi abuelo entrara en crisis y fuera llevado al hospital, donde finalmente falleció.

En sus últimos días, mi abuelo no sufrío dolor. Solo estaba ahí, recibiendo oxígeno y dextrosa para que no se deshidratara, pero sabíamos que de ahí no iba a mejorar. Aun así, cuando respiraba, parecía que se negaba a morir. Incluso, yo, la que no cree en brujas ni supersticiones, llegué a pensar que mi abuelo estaría penando.

Tal vez Cruz no haya sido el padre más cariñoso ni mucho menos el esposo más comprensivo, pero debo comprender que su mal carácter fue resultado de una infancia difícil y con poco amor.

Su nombre era José de la Cruz, pero le llamaban Cruz, nombre que describe lo que pudo haber sido para mi mamá, mis tíos y mi abuela haber vivido con él.

Aun así, hay gente en el pueblo que todavía le recuerda, y dicen que cuando joven, había gente que lo buscaba como padrino de sus hijos. Una de las señoras que llamó de Chiriquí a darnos el pésame, nos dijo que rezaría mucho por mi abuelo, que hace muchos años el le hizo un favor que nunca llegaría a pagarle.

Con todo, fue el único abuelo que conocí y el siempre se alegraba de verme.

Veía cuanto deporte hubiera en la tele, y en ocasiones me sentaba con el a ver el beis. Le iba a los Red Sox, jamás a los Yankees.

Cuando estuve embarazada, se asombraba de lo grande que se había puesto mi panza, y ya con Daniel, reía cada vez que lo veía. “¡Muchacho!”, le decía.

Ahora quedo preguntándome, por qué ese abuelo que sí tuve, pude disfrutarlo tan poco, mientras ese alguien más a quien también pudiera haber llamado abuelo y optó por no serlo, está por ahí feliz de la vida. No es que le desee mal, pero mis primas tienen a su abuelo por parte de madre, pero mi hermana nunca tuvo ni una fracción de lo que yo tuve con mi abuelo.

Yo solo espero que donde sea que mi abuelo esté, sea mejor que lo que tuvo aquí.

 

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