Ya hace un par de días de mi última entrada (Becas universales, ¿Para qué?). Antes de dar clic en el botón de “Publicar”, se lo leí a mi abuela, quien reaccionó algo sorprendida de que la hubiese mencionado.

Le dije a mi abuela que si vas a escribir, escribe de lo que sabes, y si vas a opinar sobre algo, más vale que sea de un tema que manejes, o que por lo menos investigues sobre el tema para poder emitir una opinión medianamente educada. Igual pasa con la profesión del periodista, que le toca investigar a fondo para poder informar a su público, pero me desvío del tema… que novedad.

Como decía, más vale escribir sobre lo que se sabe, sobre lo que se vive, y posiblemente mi experiencia más rica para poder compartirla a una audiencia, y sobre la cual he puesto muy poco en este blog, inició hace 37 semanas y muy pronto llegará a un punto clave: el nacimiento de Daniel Alberto.

Probablemente no haya hecho más que un par de menciones en vista que casi todo lo estoy volcando en un cuaderno, el cual le pasaré a mi hijo cuando tenga edad suficiente para leerlo.

Desde el inicio de mi embarazo, he ido narrándole a mi bebé la experiencia de tenerlo en mi vientre, sentirlo y verlo crecer, con la esperanza de que cuando lo lea, pueda entender cómo su llegada al mundo ha cambiado mi vida, la de su papá y la de nuestras familias.

Ahora resulta que Daniel llega mañana… estoy ansiosa, contenta, asustada, tengo ganas de llorar y un hambre voráz que solo puedo explicar con el hecho que ya me indicaron que no debo comer nada en las 12 horas previas a mi cesárea.

Tal vez mi hijo nunca caiga en cuenta de tal cosa, pero su llegada a este mundo no es casualidad, y aun sin haber salido del vientre, ya ha logrado grandes cosas.

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