Amén. Nuff said.

TIEMPO DE PAGAR

Noriega nunca pidió perdón

Carlos David Abadía Abad
opinion@prensa.com

Desde que Noriega fue enviado a Francia, he escuchado a muchas personas expresar o pedir piedad para el dictador. Unos dicen que él ya pagó su pena, otros que deben dejar que goce a sus nietos en sus últimos años o que le pueden dar casa por cárcel, porque ya sufrió mucho.

Primero que todo, y como dice mi amiga Betty Brannan, él le pagó a la justicia norteamericana, no a la panameña. Aquí fue condenado y debe pagar con cárcel por los delitos cometidos, que no fueron ni pocos ni leves.

A todos los que se apiadan de Noriega y piden que lo dejen disfrutar a sus nietos, les pregunto: ¿Qué piensan de los hijos de Hugo Spadafora? Ellos crecieron sin su padre y –además del trauma que esto les habrá provocado– hoy sus hijos nunca recibirán un mimo de su abuelo, que fue decapitado. O qué piensan de los hijos de los 10 militares ejecutados, quienes crecieron sin sus padres. Ellos les contarán a sus hijos que sus abuelos fueron vilmente asesinados por un hombre que se creyó dueño de un país. Y qué decir de las “desapariciones” de Héctor Gallego y Heliodoro Portugal, aunque en esa época Omar Torrijos era el jefe y, por lo tanto, el principal responsable de esa crueldad. Torrijos al igual que Noriega no permitía que se disintiese, porque se creyó el amo de esta patria.

Pero veamos otros delitos cometidos por Noriega, quien humilló a Panamá; él permitió que los grandes narcotraficantes se pasearan por esta tierra, con pasaportes panameños, y le brindaba todas las facilidades para transportar su droga y lavar su dinero mal habido.

Aquel mismo hombre que amenazó a todo un pueblo, con la frase “plata para los amigos, palo para los indecisos y plomo para el enemigo” (el enemigo era todo un pueblo de panameños vida mía), fue quien cerró los medios de comunicación, llevando a los periodistas a situaciones muy difíciles; fue él quien ordenó que nos atacaran en la Iglesia del Carmen y en el parque de Santa Ana; fue quien ordenó la quema de La Mansión Danté y el edificio de El Machetazo; quien destruyó KW Continente; quien mandó al exilio a muchos panameños porque no pensaban como él.

Y lo peor de todo lo que hizo este irresponsable fue retar a la mayor potencia del mundo, apostando a que un organismo de esa Nación (a quien él le hacía trabajos) lo apoyaría de por vida. Así nos llevó a la mayor humillación que hemos sufrido como país, una invasión que provocó decenas de muertos; todo por la ambición de Noriega, por el deseo de mantener el poder, pero no por el bien de la patria, sino de sus negocios y de los negocios de los narcotraficantes.

Manuel A. Noriega tiene que cumplir su condena en una cárcel de Panamá, y en la misma cárcel en la que están los demás maleantes. Él no fue ni presidente ni jefe de gobierno; él se robó el poder que años antes Omar Torrijos había hurtado.

Cuando Noriega pida perdón público por sus delitos, cuando nos diga dónde están los cuerpos del padre Gallego y Portugal, y la cabeza de Spadafora, cuando nos informe cómo construyó la fortuna que amasó y quiénes fueron sus principales colaboradores, y cuando demuestre una verdadero arrepentimiento, solo entonces se podría disminuir su condena, pero no eliminarla.

A cada una de las personas que hoy quieren que todo se olvide, las invito a que piensen en las familias afectadas como si fueran las suyas; piensen en el daño que hizo a la imagen del país y en todas las secuelas que los panameños hemos sufrido y pagado.

No se puede perdonar al que no se arrepiente. Muchos de ese grupo cercano a Noriega han expresado que no tienen nada de que arrepentirse, ¡que descarados son!

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