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Feliz Día de la Tierra, gracias al capitalismo

por Jerry Taylor

Jerry Taylor es Académico Titular del Cato Institute.

El Día de la Tierra (22 de abril) es tradicionalmente una fecha para la Izquierda—una celebración de la habilidad del Estado de entregar bienes ambientales y de amenazas sobre el desfile de desgracias que descenderán sobre nosotros al menos que no nos sometamos a los reguladores y administradores burocráticos. Esto es desdichado ya que es el empresario—y no el burócrata o el activista ambiental—quien merece la mayor parte del crédito por los avances ambientales del último siglo y quien representa la mejor esperanza por un mañana más verde.

De hecho, no tendríamos ambientalistas en nuestro medio si no fuera por el capitalismo. Los servicios ambientales son, después de todo, bienes de lujo. Estados Unidos—al igual que la mayor parte de los países subdesarrollados hoy en día—no tenía un movimiento ambiental del cual hablar hasta que los niveles de vida aumentaron lo suficiente de tal manera que nuestra atención varió de enfocarnos en proveernos comida, abrigo, y una educación razonable a otros asuntos que involucran “un nivel de vida más alto.” Entre más adinerado es uno, más probabilidades existen de convertirse en un ambientalista. Y la gente no sería rica si no fuera por el capitalismo.

La riqueza no solo engendra ambientalistas, sino que también calidad ambiental. Existen docenas de estudios que demuestran que, conforme el ingreso per cápita aumenta inicialmente de los niveles de subsistencia, la contaminación del agua y el aire aumenta de forma similar. Pero una vez que el ingreso per cápita se encuentra entre los $3.500 y los $15.000 (dependiendo del contaminante), la concentración ambiental de los contaminantes empieza a disminuir tan rápidamente como había aumentado previamente. Esta relación es cierta para virtualmente cualquier contaminante importante y en cualquier región del planeta. Es una ley de acero.

Dado que las sociedades más adineradas utilizan más recursos que las sociedades más pobres, tales conclusiones son de hecho contra intuitivas. Pero los hechos no mienten. ¿Cómo se explica entonces esto?

La respuesta obvia—que las sociedades más ricas están dispuestas a canjear los costos económicos de la regulación gubernamental a cambio de mejoras ambientales y que las sociedades más pobres no lo están—es solo parcialmente correcta. En Estados Unidos la disminución en la contaminación generalmente antecedió la aprobación de leyes que demandaban controles de polución. De hecho, en la mayoría de los contaminantes, las disminuciones fueron mayores antes de que el gobierno federal aprobara su panoplia de regulaciones ambientales que luego de que la Agencia para la Protección Ambiental entrara en escena.

Mucho de esto tuvo que ver con las demandas individuales por la calidad ambiental. Por ejemplo, la gente que podía costearse hornos menos contaminantes los compraron. Aquellos que querían servicios de recreo gastaron su dinero en éstos, generando oportunidades de ganancia para la provisión ilimitada de naturaleza. Los valores de la propiedad aumentaron en áreas más limpias y decayeron en zonas más contaminadas, desplazando capital de inversiones “Cafés” a inversiones “Verdes.” Los agentes del mercado suplirán cualquier cosa en lo que la gente quiera gastar el dinero; y cuando la gente está dispuesta a gastar su plata en calidad ambiental, el mercado la suplirá.

Mientras tanto, el capitalismo premia la eficiencia y castiga el desperdicio. Compañías hambrientas de ganancias encontraron formas ingeniosas de reducir las inversiones de recursos naturales necesarias para producir todo tipo de bienes, lo cual redujo la demanda ambiental sobre la tierra y el monto de desperdicios que fluyen a través de chimeneas y cañerías. Conforme aprendemos a hacer más y más con una cantidad dada de recursos, el desperdicio implícito (el cual se manifiesta en la forma de contaminación) disminuye.

Esta tendencia fue ampliada por el cambio de industrias manufactureras a industrias de servicios, las cuales caracterizan a las economías más adineradas y en crecimiento. Estas últimas son mucho menos contaminantes que las primeras. Pero las manufactureras son requisitos necesarios para las de servicios.

Los derechos de propiedad—un requisito necesario para las economías de libre mercado—también proveen fuertes incentivos para invertir en recursos. Sin dichos derechos de propiedad, nadie se preocuparía sobre ganancias futuras ya que nadie podría estar seguro de estar presente en el futuro para cosechar las ganancias. Los derechos de propiedad son también medios importantes mediante los cuales se pueden hacer realidad los deseos privados por la conservación y la preservación de los recursos. Por otra parte, cuando el Estado mantiene un monopolio en dichas decisiones, las preferencias de las minorías en las sociedades en desarrollo son impuestas (para detalles ver lo acontecido en al antiguo bloque soviético).

Además, únicamente las sociedades adineradas pueden costearse las inversiones necesarias para asegurarse mejoras ambientales básicas, tales como el tratamiento de aguas residuales y la electrificación. El agua insalubre y la contaminación del aire interior (causada principalmente por la quema de combustibles orgánicos en las casas para cubrir las necesidades de calefacción y cocción de alimentos) son directamente responsables por aproximadamente 10 millones de muertes al año en el mundo subdesarrollado, haciendo de la pobreza el asesino ambiental número uno del planeta hoy en día.

El capitalismo puede salvar más vidas amenazadas por la contaminación ambiental que todas las organizaciones ambientales juntas.

Finalmente, los avances tecnológicos que son parte de las economías en crecimiento crean más recursos naturales que los que consumen. Esto debido a que lo que es o no es un “recurso natural” depende de la habilidad de aprovechar el recurso de marras en beneficio del ser humano. Los recursos son, por lo tanto, una función del conocimiento humano. Ya que el acervo cognoscitivo aumenta de manera más rápida en economías libres que en economías socialistas, no debería sorprender que hoy en día la mayoría de los recursos naturales son más abundantes en Occidente que nunca antes, sin importar que medida se utilice.

Esto no quiere decir que las regulaciones estatales no hayan tenido ningún impacto o que no tienen valor alguno ocasionalmente. Sin embargo, quiere decir que el libre mercado es un aliado—y no un enemigo—de la Madre Tierra. La Izquierda, en consecuencia, no tiene ninguna reivindicación sobre el Día de la Tierra.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.

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