En la edición de hoy de La Prensa, salió un artículo de opinión atribuido a Andrés Carrascosa Coso, nuncio apostólico en Panamá, el cual trataba sobre los casos de abusos sexuales por parte de miembros del clero a menores de edad.

Para cuando leí este artículo, a penas serían las 8:30 a.m. y ya había 14 comentarios en la versión online.

Tal como menciona uno de los comentarios, Carrascosa tiene funciones diplomáticas. A fin de cuentas, a este nivel ya no hablamos solamente de hombres de fe, sino de funcionarios de una de las instituciones más poderosas del planeta, y como todo buen embajador, le toca defender las posturas oficiales que le indiquen.

Yo honestamente no puedo confiar en el. No solo por lo que acabo de mencionar. Digo, cómo puedes confiar en una institución que dice ser la auténtica guardiana de los mandatos de Dios en la tierra cuando una de sus prácticas más prominentes, el celibato, contradice el que en teoría debería ser su principal manual de instrucciones.

Empezando, la iglesia le pide a sus sacerdotes–y a las monjas también–que tomen votos de obediencia, pobreza y castidad, cosa que en principio parecen bastante nobles, pero en realidad, exigirle a un ser humano que sea célibe es sencillamente antinatural.

Además, la Biblia dice clarito qué cualidades debe tener aquel que quiera dirigir el rebaño:

1 Timoteo 3: 2-5
Es necesario, pues, que no se le pueda reprochar nada al obispo. Marido de una sola mujer, hombre serio, juicioso, de buenos modales, que fácilmente reciba en su casa y sea capaz de enseñar. No debe ser bebedor ni peleador, sino indulgente, amigo de la paz y desinteresado del dinero. Un hombre que sepa dirigir su propia casa y cuyos hijos le obedecen y respetan. Pues, si no sabe gobernar su proia casa, ¿cómo cuidará la asamblea de Dios?

Que conste. No lo inventé yo. Y para que no quedara tela de duda, busqué la biblia de mi abuela, versión Latinoamericana, ampliamente usada por los católicos. No soy ninguna erudita ni versada en teología, pero cuatro años en una universidad cristiana, tomando una clase de biblia por semestre, no se fuman en pipa.

En serio, señores. Qué clase de consejo coherente creen que pueden recibir sobre cómo llevar un matrimonio armonioso o cómo disciplinar a tus hijos de forma justa de alguien que nunca sabrá lo que es eso… Si necesito que me arreglen la cañería voy a donde un plomero, no a donde un dentista. Pero me distraigo del tema…

Dicen que deberían dejar que los curas se casaran y punto, o que deberían restringir la entrada de homosexuales al clero, pero el problema tiene raíces mucho más profundas. Estamos hablando de casos de abusos a menores –pedofilia– sin embargo, no todos los pedófilos son homosexuales, así como no todos los homosexuales son pedófilos.

Otro que comentó en el artículo mencionaba que un gran número de estos casos se quedan sin registrar, ya que muchas veces, las víctimas–niños– no están conscientes de que lo que les están haciendo es en efecto un crimen.

En contraste, en países tan grandes como Alemania, supongo que puede ser menos engorroso entablar una de estas denuncias y proteger la privacidad de la víctima, cosa que en Panamá sería muy distinto. Recuerden que en pueblo chico, infierno grande.

Me comentaba mi novio que ha escuchado de casos en que las mismas familias, por huirle a la verguenza de que su hijo sea homosexual, van y le lavan el cerebro al muchacho haciéndole ver que si no le gustan las mujeres, es por que tienen vocación de sacerdote. Así que no solo convencen a un homosexual de entrar a una vocación donde debe aprender y enseñar que Dios no ama a los que son como el. 

A pesar de que la biblia dice que Dios aborrece la homosexualidad, aun así, por ningún lado dice que Dios odia a los homosexuales. Vuelvo y me distraigo del tema.

Con todo y lo crítica que soy de la iglesia como institución, me sacaba de quicio cuando, durante mis años en el Bible Belt, escuchaba generalizaciones horrendas sobre los sacerdotes, que todos eran abusadores de niños, cuando en la realidad de nuestros países, lo que vemos son curas ñángaras (por fortuna o desgracia), que luchan por una mayor igualdad social, o curas mártires como Gallegos, Romero y Van Kleef, que murieron a manos de criminales y dictadores.

 

PRONUNCIAMIENTO

Sobre abusos a menores por parte del clero

Andrés Carrascosa Coso
opinion@prensa.com

La atención de gran parte de la prensa europea –y de las agencias internacionales– se ha concentrado durante los últimos días en la cuestión de los abusos sexuales perpetrados por personas en instituciones de la Iglesia católica, sobre todo en Alemania e Irlanda. Considero conveniente hacer algunas observaciones y ofrecer algunas fuentes.

Ante todo, la línea asumida por la Conferencia Episcopal Alemana se ha confirmado como el camino adecuado para afrontar el problema en sus diferentes aspectos. Las declaraciones del presidente de la Conferencia, el arzobispo Robert Zollitsch, después del encuentro con el papa Benedicto XVI (http://zenit.org/article-34620?l=spanish), retoman las líneas establecidas por la asamblea de la Conferencia y confirman sus puntos operativos esenciales: reconocer la verdad y ayudar a las víctimas, reforzar la prevención y la colaboración de una manera constructiva junto a las autoridades –incluidas las judiciales y estatales– por el bien común de la sociedad. Monseñor Zollitsch también ha confirmado sin dejar lugar a dudas la opinión de los expertos, según la cual, la cuestión del celibato no debe ser confundida con la de la pederastia.

El Papa ha alentado la línea de los obispos alemanes, que –teniendo en cuenta el carácter específico de su país– puede ser considerada como un modelo muy útil e inspirador para otras conferencias episcopales que tengan que afrontar problemas análogos.

Además, la importante y amplia entrevista concedida por el promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Charles Scicluna (http://zenit.org/article-34631?l=spanish), explica de manera detallada el significado de las normas canónicas específicas establecidas por la Iglesia en los años pasados para juzgar los gravísimos delitos de abuso sexual contra menores por parte de eclesiásticos.

Queda totalmente claro que estas normas no han buscado ni favorecido ningún tipo de cobertura para tales delitos; es más, han dado pie a una intensa actividad para afrontar, juzgar y castigar adecuadamente estos delitos en el marco del derecho eclesiástico. Es justo recordar que todo esto fue establecido y puesto en marcha cuando el cardenal Ratzinger era prefecto de la Congregación. Su línea ha sido siempre la del rigor y la coherencia a la hora de afrontar las situaciones más difíciles.

Por otra parte, y reconociendo que un solo caso sería absolutamente inaceptable, si se tiene en cuenta que la media anual de los casos señalados en todo el mundo ha sido de 250 casos, que los casos de sacerdotes acusados de pederastia verdadera y propia son unos 300 en nueve años y que son 400 mil en total los sacerdotes diocesanos y religiosos, esa estadística no se corresponde con la percepción creada cuando casos tan tristes ocupan las primeras planas de los periódicos y que el fenómeno no está tan difundido como se pretende. Quien conoce estos temas sabe que en otras profesiones y asociaciones el número de casos es mucho mayor.

La arquidiócesis de Munich, por su parte, ha respondido, con un amplio y detallado comunicado (http://www.zenit.org/article-34626?l=spanish), a los interrogantes sobre el caso de un sacerdote que se había transferido de Essen a Munich, en tiempos en los que el cardenal Ratzinger era arzobispo de la ciudad.

Este sacerdote después fue culpable de abusos, pero había sido acogido en Munich, en enero de 1980, a solicitud de la diócesis de Essen, para ser sometido a una terapia. El comunicado muestra cómo el arzobispo estuvo totalmente al margen de las decisiones tras las que pudieron verificarse los abusos. Más bien es evidente que en los últimos días algunos han buscado –con un cierto ensañamiento, en Ratisbona y Munich– elementos para involucrar personalmente al Santo Padre en las cuestiones de los abusos.

El obispo de Ratisbona, monseñor Gerhard Ludwig Müller, ha querido precisar (http://www.zenit.org/article-34540?l=spanish) que los dos casos de abusos, que tuvieron lugar en el coro de la Catedral en 1958, públicamente conocidos y juzgados ya en aquella época y que deben considerarse jurídicamente cerrados, no coinciden con el periodo que va desde 1964 a 1994 cuando el hermano del Papa, el maestro monseñor Georg Ratzinger, fue director del coro. Para todo observador objetivo queda claro que estos esfuerzos han fracasado.

Mons. Müller difundió además una declaración a propósito del “presunto silencio” de la Iglesia sobre los abusos sexuales por parte de algunos miembros del clero, explicando que esta afirmación de la ministra de justicia, Sabine Leutheusser–Schnarreberger, es falsa y difamatoria.

“Pido al ministerio presentar la prueba de la acusación según la cual la Iglesia obstaculizaría las indagaciones. Si no puede presentarla, le pido no instrumentalizar su autoridad para acosos de este tipo”. Según las directivas de la Conferencia Episcopal Alemana, cualquier acusación sobre un hecho de abuso es examinado inmediatamente y con precisión. “Si se reafirma la sospecha, solicitamos al presunto reo se autodenuncie. Si no lo hace, la diócesis informa al ministerio público”.

Creo conveniente recordar que en Panamá hay tres casos bajo investigación de la justicia y todos han sido presentados por los obispos. Para la Iglesia es importante buscar la verdad.

A pesar de la tempestad, la Iglesia ve bien el camino que debe seguir, bajo la guía segura y rigurosa del Santo Padre. Esperamos que esta tribulación pueda ser al final una ayuda para la sociedad en su conjunto para asumir mejor la protección y la formación de la infancia y la juventud.

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