Este viernes 19 de febrero, alrededor de las 4:30 a.m. me disponía a alistarme para ir al aeropuerto a una asignación que tenía en Chiriquí.

No sé por qué, pero me dio por bajar a la cocina y noté que las luces intermitentes de mi carro estaban andando. No me atreví a abrir la puerta sola, así que subí a despertar a mi mamá para que me acompañara.

Bajamos enseguida y encontramos que habían roto el vidrio del lado derecho de mi auto, llevándose las dos cámaras que había traído de mi oficina la noche anterior para la asignación a la que, creo está de más decir, jamás llegué a ir.

De inmediato llamamos al 104 y luego al número del seguro, donde me dijeron que no podían enviar a un inspector hasta que llegara la policía.

El robo debe haber ocurrido entre 4 y 4:30 a.m. ya que una de las vecinas de mi calle había salido de su casa a eso de las 4 a.m. para ir a Niko’s y ella había regresado más o menos a la misma hora que yo bajé y cuenta que cuando ella salió, todo estaba en orden.

Esperé un poco más de media hora a que llegaran los motorizados de la policía (la sub-estación más cercana está a cinco minutos a pie de mi casa), y luego de eso otra media hora más a que llegara la unidad del seguro.

Después que terminamos con el seguro, fui con mi novio a San Miguelito a poner la denuncia. Luego echarle el cuento a la oficial, firmé la declaración y antes de irme me dijeron que lo mejor que podía hacer era llevar mi carro hasta la DIJ para que lo procesaran, en lugar de esperar a que los agentes tuvieran oportunidad de ir hasta mi casa para hacer su trabajo.

Así regresé a mi casa, agarré mi carro, tomándome el riesgo de borrar evidencia y de cortarme con los vidrios (lo cual ocurrió dos veces), y lo llevé hasta las oficinas de la DIJ en San Miguelito.

Brevemente, los peritos de CSI Chollywood tomaron huellas de mi auto, mientras que, con todo y lo molesta y ultrajada que me sentía, no podía dejar de escuchar en mi cabeza los primeros acordes de Who Are You, de The Who.

No es que los autos los meten en algún garaje cerrado, libre de contaminación donde cuerpos extraños puedan alterar la evidencia. No. Mi carrito fue revisado al aire libre, donde repetidas veces se acercaron doñitas para preguntar por lugares donde les sacaran copias, interrumpiendo la investigación policial y los peritos compartían los guantes de hule porque no tenían en su caja.

Lo más útil que saqué de ese rato fue un “No deje de darle seguimiento a su caso” por parte de los investigadores.

Aun con que estoy a penas a $1.98 sobre el mínimo de mi cuenta de ahorros, reponer el vidrio de mi carro no salió tan caro como pensaba, sin embargo, aun ya con la ventana nueva instalada, no se me quita el sabor amargo de la intrusión a mi seguridad y la de mi familia.

Luego en la tarde me enteré que esa madrugada habían también robado en el auto de mi vecino, y que esta semana ocurrió otro robo a dos casas de la mía.

Si bien es cierto que se actuó de forma descuidada al dejar objetos de valor dentro del carro, tal vez confiándome que mi auto duerme tras rejas, digo también que las probabilidades de que esto ocurriese hubieran disminuido significativamente si ya tuviésemos instalado el portón de seguridad y un celador que vigilara la entrada de peatones.

La primera vez que se habló de instalar un portón en mi calle fue hace unos 9 años, cuando recién nos mudamos, pero como no lograban ponerse de acuerdo, todo se quedó estancado.

Ahora, hará casi un año que a uno de mis vecinos le hicieron un secuestro express, justo en la puerta de su casa, lo que causó que el vecindario se pusiera en alerta y nuevamente se hicieran las gestiones para instalar el dichoso portón.

Se hicieron reuniones, se recogió dinero y aun así, por dos casas donde no quisieron pagar la cuota, hoy las más de 30 que hay en esta calle, seguimos exponiéndonos a que nos asalten o algo peor, con todo y que, durante el tiempo que la gente se estuvo reuniendo, se dieron más casos de robos en las casas de nuestra calle.

Hoy hablamos de tres robos en una semana, el límite de “que tal si nos roban” a “que tal si me secuestran” se cruzó hace ya mucho tiempo.

La cuota para instalar el portón no llegaba a los $450, lo cual realmente considero es una inversión pequeña si comparamos con el valor de los bienes que ya han robado de nuestras casas, y más pequeña todavía si hablamos de lo que vale nuestra integridad física y la de nuestras familias.

Sin embargo, en nuestro caso no aplican las mismas reglas de propiedad horizontal, y si hubiésemos colocado ese portón, sería ilegal que limitáramos la entrada a aquellos vecinos que no pagaron, pero en vista de que es una mayoría la que aprobó la instalación del portón, debe haber algún recurso que nos permita colocar el portón y luego cobrarles el dinero. En todo caso, estas mismas familias que se negaron, corren el mismo peligro que todos aquí.

Esa mañana, luego que regresé de la DIJ, mi enojo era tal, que me dirigí a casa de uno de los vecinos que se había negado a pagar.

Le conté lo que había pasado y el, con su esposa al lado, me dijo que cuando se hicieron las diligencias para colocar el portón, el estaba anuente a pagar la cuota, sin embargo, no estaba de acuerdo con pagar si todos no pagaban.

Solo fueron dos casas y estoy segura de que si el de verdad hubiese estado tan anuente, al ver que con su pago solo faltaría una casa, esa última se habría visto comprometida a pagar (o en su defecto algún otro vecino, incluida yo, no hubiésemos tenido ningún asco en tocarle la puerta hasta que pagara).

Ya han pasado dos días, y en este tiempo entre mi novio y yo hemos recorrido las casas de empeño de San Miguelito, visitado el mercado en El Terraplén y llamado a algunas amistades del medio que pudieran escuchar algún rumor sobre una cámara semi profesional en venta.

Me cuesta dormir, no me siento segura en mi casa y aún no sé con qué cara me voy a presentar al trabajo mañana, pero como dijo el oficial “No deje de darle seguimiento a su caso”, así que voy a ladillar como nadie ha ladillado antes.

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