Una de mis primeras experiencias con los medios panameños fue cuando inicié mi búsqueda de un lugar para hacer mi práctica profesional, la cual empecé un año antes en vista de que estaba estudiando fuera del país y tendría que hacer mi práctica durante las vacaciones entre mi tercero y cuarto año.

Llamé a una de las casas editoriales de Panamá pensando que me comunicarían con recursos humanos y que de ahí evaluarían mi caso, y, de ser positiva su respuesta, eventualmente me asignarían a alguno de sus periódicos. Contrario a lo que yo pensaba, me comunicaron directamente con el entonces sub-director de su conocido tabloide de crónica rojo, quien muy amablemente me invitó a pasar por su oficina para conversar. Naturalmente, tenía mis aprehensiones sobre cómo una práctica en este tabloide se vería en mi currículum en un futuro, pero igual fui.

Una de las cosas que más recuerdo del día de la cita fue cómo, mientras explicaba sobre sus métricas de circulación, me mostraba desde su computadora páginas típicas del diario y saltaban a la vista las páginas con la chica de las siliconas y el muerto ensangrentado du jour,  a lo que él decía que ellos escogían “la foto menos traumática posible”.

Curiosamente, un par de días después, hubo que esconder todas las copias disponibles de dicho tabloide en el lugar donde trabajé ese verano, ya que la foto de primera plana era un close-up del hijastro de uno de los señores con quien trabajaba, que murió por una bala perdida.

Sí. La foto menos traumática posible, pero… ¿para quién?

Han pasado ya cuatro años de ese episodio y soy una fiel convencida de que la idea de que el sexo y la violencia venden no es más que un mito.

Es cierto que la gente se estimula fácilmente por el morbo producido por una escena con sangre o un bikini propiamente relleno, sin embargo, uno conscientemente no busca verlo, sino que al estar disponible, uno se va a ver atraido a esa clase de imágenes.

Con esto, quiero decir que como comunicadores nosotros somos responsables por el tipo de información que ponemos a disposición de la gente, no de la circulación de un periódico o del rating del noticiero estelar.  Nosotros nos debemos a la gente. Es por eso que les debemos respeto y esto lo se lo demostramos al presentar los hechos de forma clara, veraz y objetiva. Al tratar a nuestra audiencia con el respeto que se merecen, la circulación y el rating se cuidan solos.

Si hay una cosa que debemos entender es que, somos nosotros los que decidimos qué es relevante en un hecho. 

En un accidente, por ejemplo, ¿qué es noticia? ¿Las víctimas en el pavimento, o el hecho de que una tragedia mayor pudo haberse evitado si los patrullas que llegaron a la escena tuviesen aunque sea un entrenamiento básico de primeros auxilios, o un protocolo establecido para estos casos?

Denunciemos las carencias en lugar de exprimirle más lágrimas a la viuda preguntándole cómo se siente. Claro que se va a sentir mal, si le acaban de matar a alguien…

No prestamos ninguna clase de servicio a la sociedad si nos limitamos a ser expectadores de los hechos. Pregunten qué ocurrió y cómo. Pregunten cómo pudo haberse evitado, o qué medidas de prevención pueden tomarse. Usen un poco más su cabeza y busquen un ángulo más creativo que no requiera mostrar al hijo/padre/hermano de alguien cuando su vida corre peligro. ¡¡Ayuden a los oficiales a hacer su trabajo y manténganse fuera de la escena!!

La profesión del comunicador es tan digna como la de ser médico, maestro, ingeniero, bombero, enfermero, pero ese respeto de la sociedad lo perdemos con cada gota de sangre y con cada lágrima que permitimos que salga innecesariamente en pantalla, escudándonos hipócritamente detrás de los principios de libertad de expresión cuando solo quieren asegurarse $0.35 más en el bolsillo.

Anuncios