Puedes deducir que en este país la situación está realmente dura cuando ves que hay muchachitas que aceptan pasearse en los semáforos con microcamisitas y microshorcitos (por favor, noten mi intención al usar el prefijo “micro” delante de un sustantivo que representa a una prenda de vestir que de por si es pequeña), gente repartiendo volantes en zancos o grupos bastante considerables que salen a ondear banderas y cantar consignas de algún partido político.

Estas iniciativas, llamadas actividades below-the-line, o BTL son vendidas como “más impactantes” que la publicidad tradicional, pero en mi experiencia puedo decir que vivo más cómodamente sin ellas.

Mi primera experiencia con estos últimos fue durante las primarias del PRD, cuando Juan Carlos Navarro utilizó estos para su campaña.

Recuerdo que una mañana camino al trabajo, uno de estos muchachos con sus banderotas casi le pega a mi carrito en la intersección de Tumba Muerto con la vía a Cerro Patacón. Estaba yo tan alterada por lo pudo ocurrirle a mi auto (y posiblemente a mi persona) que contemplé la posibilidad de lanzarme al quinto piso del edificio donde trabajaba en ese entonces y gritarle cuatro vainasos a la esposa del ahora candidato a vice…

Ya estaba harta de esa campaña: todas las mañanas era la misma sozobra de que si le pegaban a mi carro o que si accidentalmente atropellaba a alguien por estar esquivando banderazos. Al menos sabía donde ir a reclamar.

Hoy, de regreso a mi casa, me encontré con un cuadro similar en el semáforo del McDonald’s de El Dorado. Voy tranquilamente manejando y cuando menos acuerdo, marejadas de gente con banderas del PRD se acercan a mi carro, amenazando con pegar calcomanías que decían “Balbina” en enormes letras rojas.

Si no fui lo suficientemente evidente durante las primarias, con todo y que tenía a todo el clan Campagnani peligrosamente cerca, lo voy a decir de nuevo:

No, no estoy en ningún partido político. Tampoco me interesa estarlo.

No, no veo por qué debería yo identificar mi carro con tu campaña. O sea, ni siquiea me estás pagando.

No, no lo voy a pensar antes de echarte mi carro si te atreves a colocarle una de esas calcomanías que llevas en la mano.

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