Si hay algo con lo que toda la vida he luchado es con quedarme callada. Si lo siento, lo digo. Si lo digo, es porque lo siento.

Tal vez no diga las cosas de la forma más diplomática, pero tengan la certeza de que 1. hago el esfuerzo, 2. estoy siendo sincera, 3. hechos son hechos y por más que quiera, hay cosas para las que no me estira la creatividad para poder maquillarlas.

Recientemeinte alguien cuya opinión valoro bastante me preguntó opr qué no puedo simplemente decir “sí” o “ajá, te entiendo”, durante una conversación; por qué siempre tengo algún argumento bajo la manga.

¿La verdad? No sé. No es mi culpa el tener la capadicad de absorber información y poder digerirla para formar mis propias opiniones. Lo que sé es que puedo hacerlo y desde chiquita me enseñaron a aprovechar esa habilidad al máximo.

Más de cuatro (pendejos) me han salido con eso de que “calladita te ves más bonita”. Sepan que no tengo interés alguno en verme “más bonita” si eso implica archivar mi derecho a emitir mi opinión.

Ahora, no siempre se puede encontrar gente que complazca con los “sí” que quieres escuchar, y como me dijo una vez Angélica Maytín Justiniani en una entrevista, “‘yes woman’, jamás”.

Ser un “yes man” (o woman) es de gente rastrera, interesada y que no es digna de confianza, por lo que deberíamos huir de ellos como si tuvieran lepra. Por el otro lado, también puede ser de gente sin criterio propio, lo cual me aburirría al punto de querer cortarme las venas con galletas de animalitos.

Tampoco es que quiera ser conflictiva por el mero caché de serlo, pero muy raras encuentro gente con quien pueda compartir un “wow, estoy tan de acuerdo contigo” y que me salga del alma.

Que yo sepa, no hay nada de malo en algo de controversia. A fin de cuentas, el debate enriquece, estimula, es una de esas cositas que te recuerda que estás vivo. Y no hay ningún reto en predicarle al converso.

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