Categoría: familia y valores


I
La iglesia estaba más llena de lo que recuerdo haberla visto, aunque dice mi hermana que esto es normal para la misa de las 7 p.m.
Aun antes de iniciar el servicio, la gente hacía fila frente al altar. Luego explicaría el cura que se trataba de una reliquia de Juan Pablo II y cómo venerarla.
Entiendo que venerar (no adorar) santos es algo muy propio de la iglesia católica, pero es algo que no comparto.
Esta es gente que caminó la tierra, igual que uno y si bien sus vidas pueden ser ejemplo de bondad, coraje, humildad, whatever, no creo que hayan poderes sobrenaturales asociados a ellos, sus imágenes, escapularios ni nada de esto.
Ahora, esto de hacer fila para besar un relicario el cual contiene algo extraido de un cadáver me parece un tanto morboso. Y para rematar las iglesias se lo turnan para exhibirlo.

II
Teníamos a Daniel con nosotros, así que nos sentamos en una de las filas de atrás, junto a la puerta, en caso de que se pusiera inquieto y necesitáramos una salida rápida. Daniel para variar quería pararse, caminar, aplaudir, reir. A fin de cuentas, es un bebé.
En la fila frente a la nuestra había una señora mayor y tenía la sensación de que nos estaba mirando con cara de tuco, pero preferí no prestarle atención.
Mientras tanto, evitábamos los adorables exabruptos de mi hijo a punta de galletas.
Nos salimos un ratito antes de que se acabara la misa.
“¿Viste a la señora de en frente? Nos estaba mirando feo”, me dijo Tomás.
Yo no había querido decir nada, no fuera que yo estuviera imaginando cosas.
Esta señora estaba sentada con una pareja que traia con ellos una nena de no más de seis meses. La bebé no hacía mucho ruido, pero la mamá salió un par de veces para calmarla.
¿Qué hace pensar a esta señora que la niña no iba a crecer y sus padres no tendrían que recurrir a tácticas similares a las nuestras de aquí a un par de meses?
Y eso que yo siento que mi hijo se portó bastante bien.
Si fuera por miradas casi asesinas como las de esta señora, nadie con niños pequeños iría a misa.
Esto no es Estados Unidos donde las iglesias tienen áreas especiales donde puedes ir con tus niños sin molestar a otros, ni tienen facilidades para que duerman la siesta ni cambiar pañales, así que uno como padre hace lo que puede.
En algún lado de Mateo dice “Los que son como niños entrarán al reino de Dios”. Que no se nos olvide.

III
Luego de que la manada de gente salió de la iglesia, Tomás y yo volvimos a entrar para buscar al cura para consultarle sobre el bautizo de Daniel.
Había una niña con su mamá por delante de nosotros. Esta agarra la Semilla, el papel que dan en las misas con las lecturas del día, y se lo da al cura para que lo firme.
Cuando estás haciendo la catequesis para primera comunión es requerido que vayas a misa y te piden evidencia de ello, pero ¿acaso desconfían tanto de los chiquillos ahora que también deban llevar el papel firmado?
Creo yo que más importante que vayan y regresen con evidencia, es que los chicos entiendan lo que dijo el cura en la homilía y cómo esto hace clic con sus vidas.

El entremés
En ese rato que estuvimos afuera Tomás me comentó que cuando pasaron la canasta de la ofrenda, un señor echó un billete de $5 y sacó vuelto.
Nos pareció algo gracioso, pero de muy mal gusto al mismo tiempo.
Soy de la opinión de que si estás en una situación de esas en que $5 es todo el efectivo que cargas, o los das sin remilgos, o simplemente no des, y si quieres, da un poquito más a la siguiente.
El que da, lo hace de corazón y de forma voluntaria. Así como la viuda de las moneditas de cobre.
Hay gente que le he escuchado que eso de sacar vuelto de la canasta de la ofrenda es normal, pero, hey, acababan de pagar quincena Y décimo.
Cuando Dios te da, lo hace sin restricciones y no te pide vuelto.

La Cuaresma se fue tan rápido como llegó.
No noté su inicio por el fallecimiento de mi abuelo, el jueves justo antes de carnavales… aunque tampoco era como si tuviera pensado irme a culequear. Pensándolo bien, creo que los últimos carnavales que celebré propiamente fueron los del 2008, que me fui con mi familia a Chitré y cumplí mi sueño de treparme en un carro cisterna.
Ahora, llegó Viernes Santo y ni guardé ni hice sacrificio de ninguna clase durante estos 40 días.
Para Cuaresma mi abuela hace bacalao con papas y me lo como, no porque esté guardando, sino porque es delicioso.
Verán, el no comer carne me es indiferente, por lo que no me representa sacrificio alguno. En contraste, comer pescado o marisco representa un gran placer, por lo tanto, durante Cuaresma yo simplemente como lo que haya. Algo similar pasa con una compañera de trabajo que es alérgica a los mariscos y le toca buscar alternativas para su sacrificio.
Ahora, en lo personal me parece un tanto de mal gusto toparme con comerciales como el de Wendy’s promocionando su sandwich de pescado, el cual solo se ofrece para esta época, como si fuera el super platillo gourmet y echando al traste el propósito de tan desagradable invención (aquí es donde me toca aclarar que cuando era niña me intoxiqué con un emparedado de filete de pescado de McDonald’s y nunca más me vuelto a mirar uno).
Hoy que veníamos de vuelta a casa, Tomás preguntó si quería pasar por un Subway de tuna ya que “estábamos guardando”. Digo, si era por tuna, yo misma podía hacer un par de emparedados y listo.
Una vez en casa, mientras nos preparaba algo de comer, mi suegra sale con su retrahila de que hoy no se puede comer carne, que Tomás no puede comer carne, que debía comer tuna porque a el no le gusta la tuna.
Traté de explicarle que a mi la verdad guardar, en la forma de comer mariscos o pescado en vez de carne no cumple ningún propósito. Entonces la mujer me sale con una de sus joyas, algo así como “nosotros no somos de tu cultura”… Mínimo, en casa de mi mamá comemos culebra y adoramos a la luna en cueros.
Si supiera ella el sacrificio que estaba haciendo al no responderle de vuelta, a ver si así sigue jodiendo.
A la final, es cada loco con su cuento. Por cierto, Tomás come tuna como cualquier michirringo.

Hace casi un mes mi querido Tomás me comentó sobre un encuentro de parejas al cual le había invitado una amiga.
No le paré mucha bola hasta que Tomás me envió un correo notificándome que nos había inscrito al encuentro, llamado “Unidos por Siempre”.
No me gustó mucho que hubiera tomado una desición así sin haberme consultado, en especial tratándose de una actividad de viernes para domingo y para la cual debíamos estar en Colón puntualitos a las 6 de la tarde.
Rauda y veloz llamé a mi mamá para preguntarle si se podía quedar con Nipi ese fin de semana.
Luego de encargarme de tan importante diligencia, procedí a leer con calma el mensaje que había escrito la amiga de Tomás que nos invitaba a esta actividad. Soy bastante necia con eso de la escogencia de términos y me llamó la atención que dijera “su relación será reconstruida”. Lo primero que pasó por mi cabeza fue quien ostias le habría dicho a esta mujer que nuestra relación necesita ser reconstruida, ni que fuera que estuviera en ruinas.
Me molestó un poco, pero lo dejé pasar y solo por joder escribí “soltero” en la casilla de estado civil del formulario de inscripción.
Pasaron un par de semanas en las que estuvimos entrando y saliendo del hospital con Daniel y Tomás me dice que tal vez no sea buena idea irnos un fin de semana con el poroto aun convaleciente.
“Tranquilo, amor”, le dije. “No es hasta el fin de semana de más arriba”.
Me habían agarrado en mis dos segundos de awebazón, cuando bien hubiese podido zafarme de ir a la actividad.
Creo que es prudente aclarar que no soy una persona gregaria y la sola idea de actividades como convivios, retiros, días familiares y talleres de integración, en los que te fuerzan a trabajar en equipo, me causan ansiedad y a todo esto Tomás no había considerado todo lo que habría que preparar, tanto para nosotros como para Daniel, siendo este un viaje que implicaría pasar dos noches fuera de casa.
Llegó el viernes y dejé todo listo desde temprano para evitar contratiempos en la tarde, pero Tomás y yo nos complicamos en la oficina, así que no llegamos a casa hasta pasadas las 7 p.m., y ninguno de los dos había comido todavía.
Finalmente arrancamos a eso de las 9 p.m., no sin antes de hacer una parada en casa de los padres de la amiga de Tomás a recoger medias para el papá, quien era uno de los organizadores del evento. Su esposa fue quien le hizo las maletas y se le pasó empacarlas… Que Tomás no haga sus maletas él mismo pa que vea.
Dejamos a Daniel con mi mamá y empezamos nuestro camino.
Luego de 40 minutos en la autopista oscura y con neblina, un tongo que nos detiene por una supuesta infraccion, haber esquivado una mula atravesada y perdernos en Colón City, llegamos al hotel.
Una vez en el counter, nos encuentra una pareja que nos acompañaría a nuestra habitación.
Me llamaron la atención los corazones enormes con los nombres de las parejas en las puertas de los cuartos… Como si no fuera suficiente que se supiera que había un convivio de parejas en el hotel, sino que había que anunciar también exactamente dónde me estaba quedando.
Ya en la habitación, la pareja que nos acompañó entró con nosotros, lo que fue un poco incómodo, en especial porque ya era bastante tarde y queríamos descansar.
Es que tenían que explicarnos las reglas…
No. 1: en la mañana sonarían dos campanas: una para despertarse y otra para bajar.
(Ajá, ¿por qué no llaman a los teléfonos del cuarto y listo?)
No. 2: deben entregarnos celulares, berrys, tablets, beepers y cualquier eléctrónico que tuviéramos, inclusive relojes.
Tomás les explicó que no podíamos entregar nuestros celulares así como así, que trabaja sábado y debía estar disponible, al menos en la mañana, para supervisar aunque fuera por teléfono unos trabajos que habían quedado andando para uno de sus mayores clientes, y que yo tampoco entregaría el mío por mi trabajo y, lo más importante, habíamos dejado a nuestro niño en casa y tener comunicación nos brindaba tranquilidad.
Quedamos que no entregaríamos nuestros equipos, pero no lo llevaríamos a las actividades, lo que nos pareció muy razonable y se fueron sin alboroto.
Era una habitación muy bonita, y los organizadores se habían encargado de dejar pétalos de rosa en la cama y en la bañera, instalar un desodorante ambiental de esos eléctricos y (drumroll, please) cerrar con cadena y candado el mueble de la tele. Esto último me pareció un tanto ridículo, pero igual me reía. A Tomás, sin embargo, no le gustó para nada.
Ya nos disponíamos a cambiarnos cuando nos tocaron la puerta. Era el papá de la amiga de Tomás, quien había llegado con su esposa a exigir que acatáramos las reglas y entregáramos los celulares.
Se para en la puerta. Me mira. Vuelve a mirar a Tomás y le dice “contigo yo puedo hablar”, como que si fuera que yo estuviera pintada en la pared, o que fuera un ser inferior, cuál de las dos peor.
Tomás le explica con toda la ecuanimidad posible el porqué de nuestro proceder y que esto era un asunto de pareja, que lo conversaríamos y le informaríamos nuestra desición. El señor me mira como esperando que yo, aquel ser inferior con quien el no tenía nada de qué hablar, accediera. Solo lo miré y le dije en un tono firme “lo vamos a hablar”.
El señor nos indicó que el se retiraba, no sin antes informarnos que nos dejaba una guachimana en la puerta, para que le entregáramos nuestras pertenencias, claro, asumiendo que así lo haríamos.
Ahora la pregunta era si nos quedábamos o poníamos pies en polvorosa.
No habían pasado ni 10 minutos cuando nuevamente nos tocan la puerta. Eran tres personas más, quienes al igual que la pareja que nos guió a la habitación, entraron sin la delicadeza de pedir permiso.
Entre Tomás y yo tratamos de explicar, ya por tercera vez esa noche, toda la logística que habíamos implementado para poder estar ahí, que entedíamos que las habitaciones habían sido preparadas con mucho cariño, sin embargo habían cosas que nos parecían inapropiadas y que incluso, nos causaban disonancia por nuestros propios carácteres y dinámica como pareja.
Las dos mujeres empiezan a decirnos su experiencia y nos exhortan a quedarnos. “Ustedes necesitan esta experiencia”, nos decían.
Nos contaron que ellas pensaban que no necesitaban esto. “Yo descargaba mi estrés en mi pareja y mis hijos”, decía una. “Yo era una amargada”, nos comentaba la otra. Y por supuesto, la actividad en la que estábamos las había ayudado.
Nos parecía muy bien todo lo que estas mujeres nos contaban, pero ese no era nuestro caso.
Si bien nuestra relación no es perfecta (ni queremos que lo sea), llevamos nuestra pequeña familia con amor y pensábamos que este taller nos brindaría herramientas concretas para mejorar como padres y como pareja.
La reacción que recibimos de vuelta fue como si Tomás y yo estuviéramos en un estado de negación y nuestra realidad fuera una de gritos, abuso y al borde del divorcio.
En eso entra una nicaragüense a quien también debimos explicarle todo el rechinchal, lo que ya se estaba volviendo frustrante.
Su comportamiento con nosotros fue casi tan agresivo como el del papá de quien nos invitó.
La nica inclusive nos salió con eso de “¿ustedes creen en Dios?” y se puso a levantar las manos. “En el nombre de Jesús ato toda cosa maligna que impida que esta pareja se quede, bla, bla, bla”
Tenemos un hijo sano, inteligente y hermoso que es razón suficiente para estar convencida que Dios nos ama y cuanto más tiempo me quedaba, más me dolía haberlo dejado en casa por venir a escuhar semejantes sandeces.
A este punto Tomás ya estaba bastante irritado y decidimos que lo mejor era irnos a la brevedad posible. De nada valieron sus advertencias de carreteras oscuras… Claro, no han visto las lamparotas de nuestro pickup.
Dejamos que se fueran y acordamos ya irnos definitivamente, pero antes había que hacer pis (ni de eso nos habían dado chance). Ahí fue cuando vi el cable que colgaba: habían retirado los teléfonos de la habitación.
Agarramos nuestras mochilas y salimos rapidito para que no nos vieran. Entregamos las llaves en el counter y nos atajó una de las parejas que nos había “atendido” hacía un rato.
“Lástima que se vayan. ¿Tienen las llaves de su carro?”, nos preguntaron.
“Sí, las tenemos. Chao.”
Continuamos caminando hacia el carro y le pregunto a Tomás, “¿por que pensarían que no tendríamos las llaves de nuestro carro?”
“¡También te quitan!” Aceleramos el paso y arrancamos de vuelta a casa.
Llegamos a Panamá a eso de la 1 a.m., cansados, pero tranquilos de habernos dado cuenta de que enfrentamos esta situación juntos, unidos como pareja.
A la mañana siguiente hablamos con nuestros compadres, quienes son terapistas de familia, y al igual que Tomás, pertenecen al mismo movimiento que la gente que había organizado este retiro/taller. Les contamos con pelos y señales lo ocurrido la noche anterior y cómo nos sentimos durante este episodio.
Desde su perspectiva, nos explicaron que para los organizadores del evento fue más importante mantener las reglas del juego que hacernos sentir bienvenidos y que es muy peligroso que gente sin preparación profesional se tome atribuciones de organizar eventos para parejas, pero cuya metodología va en detrimento de las mismas. El habernos ido fue lo mejor que pudimos haber hecho.
Al final esta experiencia resultó ser una prueba para nosotros como pareja. Nos mantuvimos firmes, uno apoyado del otro.
Si ese era el propósito, excelente. Logramos nuestro cometido.
Sí, nos regresaron la plata y tal vez compremos ese schauzer que nos hace ojitos para que juegue con Daniel.

Este jueves ya pasadas las 10:30 p.m. me llamó mi mamá para informarme que el abuelo Cruz había fallecido. Su voz era serena y el comunicado sin mucha ceremonia.

Ya mi abuelo tenía una semana en el hospital en un estado cuasi-comatoso y después de cuatro derrames en 20 años, ya era hora que descansara.

No me sentí triste de inmediato, pero al rato caí en cuenta de algo que hasta ahora nunca habían pasado por mi cabeza: Fui la única de las cuatro nietas de mi abuelo en haberlo disfrutado algo.

Yo tendría unos siete años cuando mi abuelo sufrió su primer derrame. Antes de eso, recuerdo haber paseado La Concepción con el, saludando de ”bueno, bueno” a todo el que pasara, y asado pepitas de marañón en el fogón que había en el patio.

Mi prima Elba apenas tendría unos tres años, y mi prima Carolina y mi hermana estaban de brazos en ese entonces.

Según se, mi abuelo tuvo un segundo derrame en el hospital y ahí fue cuando se supo que era diabético, lo que le cambió la vida a toda mi familia.

Con terapia mi abuelo logró recuperar algo de movilidad de su lado derecho y por algunos años se movía con dificultad usando un bastón. Aun con todo, creo que el nunca perdió la esperanza de volver a caminar.

Hubo una época, luego de que nos lo trajéramos a el y a mi abuela a Panamá, que lo llevábamos a comprar sus billetes de lotería o de paseo los fines de semana.

Eventualmente dejó el baston y ya en el último año y medio, solo lo movíamos en su silla de ruedas y había empezado a usar pañales. Incluso llamaba a gente del pueblo, algunos habían muerto hacía años.

Su cuidado se hacía cada vez más difícil y entre mi mamá y mi abuela se hacían cargo. Mi tío ayudaba a bañarlo y vestirlo los fines de semana y por un tiempo tuvimos la ayuda de una señora que iba a la casa tres veces por semana, aunque eso solo nos duró hasta que le consiguieron un trabajo en otro lado.

A mediados de enero de este año mi mamá hizo la prueba de ponerlo en un asilo. Fue una desición difícil, pero los cuidados que requería iban más allá de las posibilidades de mi mamá y mi abuela, en especial con un par lindas costumbres que había agarrado mi abuelo, entre ellas quitar la baranda de la cama con el brazo “bueno” y tirarse al suelo.

Mamá investigó en algunos sitios y finalmente se decidió por uno en El Bosque, donde están la tía y el papá de un amigo de la familia. Esto, aun con que no le convencía mucho la idea de que en el hogar eran solo tres golpes de comida. Mi abuelo estaba acostumbrado a sus meriendas y ahí no iban a tener esas especialidades con él.

En las semanas previas a un viaje que mi mamá tenía planificado con mi abuela y mis tíos, ella iba a asegurarse que comiera algo de fruta antes de dormir, no fuera a ser que durante la noche se le bajara el azúcar.

Durante la semana que la familia estuvo fuera, mi hermana y yo tomamos turnos para ver al abuelo en el hogar. Una le llevaba un yogur en la mañana, la otra le llevaba galletas en la tarde, y ambas debíamos revisar el cambio de vendajes en un dedo que se había golpeado.

Mi abuelo continuaba intentando tirarse de la cama, lo que causó un par de moretones y las enfermeras llegaron a sedarlo en la noche para que no se lastimara. A pesar de ver el dedo de mi abuelo cada vez más negro, la auxiliar decía que estaba bien.

Al final, mi abuelo perdió el dedo y la dueña del hogar pidió que nos lleváramos a Cruz, que era muy problemático. El día que nos lo llevamos de vuelta, el pobre iba turulato porque a las misses se les fue la mano con la medicación que le pusieron.

Ya de vuelta en casa, no pasó más de una semana antes de que mi abuelo entrara en crisis y fuera llevado al hospital, donde finalmente falleció.

En sus últimos días, mi abuelo no sufrío dolor. Solo estaba ahí, recibiendo oxígeno y dextrosa para que no se deshidratara, pero sabíamos que de ahí no iba a mejorar. Aun así, cuando respiraba, parecía que se negaba a morir. Incluso, yo, la que no cree en brujas ni supersticiones, llegué a pensar que mi abuelo estaría penando.

Tal vez Cruz no haya sido el padre más cariñoso ni mucho menos el esposo más comprensivo, pero debo comprender que su mal carácter fue resultado de una infancia difícil y con poco amor.

Su nombre era José de la Cruz, pero le llamaban Cruz, nombre que describe lo que pudo haber sido para mi mamá, mis tíos y mi abuela haber vivido con él.

Aun así, hay gente en el pueblo que todavía le recuerda, y dicen que cuando joven, había gente que lo buscaba como padrino de sus hijos. Una de las señoras que llamó de Chiriquí a darnos el pésame, nos dijo que rezaría mucho por mi abuelo, que hace muchos años el le hizo un favor que nunca llegaría a pagarle.

Con todo, fue el único abuelo que conocí y el siempre se alegraba de verme.

Veía cuanto deporte hubiera en la tele, y en ocasiones me sentaba con el a ver el beis. Le iba a los Red Sox, jamás a los Yankees.

Cuando estuve embarazada, se asombraba de lo grande que se había puesto mi panza, y ya con Daniel, reía cada vez que lo veía. “¡Muchacho!”, le decía.

Ahora quedo preguntándome, por qué ese abuelo que sí tuve, pude disfrutarlo tan poco, mientras ese alguien más a quien también pudiera haber llamado abuelo y optó por no serlo, está por ahí feliz de la vida. No es que le desee mal, pero mis primas tienen a su abuelo por parte de madre, pero mi hermana nunca tuvo ni una fracción de lo que yo tuve con mi abuelo.

Dice mi mamá que las cosas no pasan por gusto. Que tal vez, si a mi abuelo no le hubiese dado ese derrame hace 20 años, el hubiese quedado en Chiriquí solo dando tumbos, sin nadie que se hiciera cargo de el.

Yo solo espero que donde sea que mi abuelo esté, sea mejor que lo que tuvo aquí.

 

Este artículo me lo mandó Surany, quien tiene un bebé de casi dos añitos, y quise compartirlo. En unos días serán ya 5 meses de este tragín y hay varias cositas en esta lista por las que ya me identifico. Creanme… no me aburro :D

15 cosas que cambian en tu vida cuando nace tu bebé

Escrito para BabyCenter en Español
Por Luciane Garbin. Luciane es periodista y fotógrafa, y  a menudo escribe sobre temas de maternidad. Sus tres hijos, Gabriel (14), Sofía  (10) y Matías (8) se encargan de mantener su vida en un constante remolino.

“Tu vida va a cambiar”. Recuerdo las veces que escuché esta frase  durante mi primer embarazo, y lo mucho que me costaba captar su significado.
¿Será para mejor? ¿Será para peor?… Con el tiempo me di cuenta que todo  depende únicamente de nuestro punto de vista y de lo mucho o poco que nos cuesta  adaptarnos a los grandes cambios en nuestras vidas.

Los cambios son  tantos que es imposible enumerarlos, pero no son una sentencia sino un desafío,  y como todo desafío, una oportunidad para aprender, crecer y hacernos mejores  seres humanos. Entre otras cosas, recuerdo los siguientes cambios por los cuales  pasé al embarcar en mi viaje por el universo de la maternidad y que son comunes  a la mayoría de las madres con quienes sigo creciendo y “viajando”:

Entre los cambios más profundos, emocionantes y  transformadores…

1. Descubres en tu interior una fuerza que te  agarra de sorpresa y hasta te asusta por su intensidad. Te sientes como una leona, preparada para defender a tu “cachorrito” con tus propias uñas y dientes.

2. Te das cuenta que puedes ir más allá de tu límite, y del límite de tu límite, y del límite del límite de tu límite… Y esto te hace sentir infinitamente exhausta y fatigada, pero a la vez infinitamente capaz (¡qué verdad tan verdadera!).

3. Sientes crecer dentro de ti un amor tan fuerte, poderoso y profundo, que a veces hasta te espanta y confunde. “¿Podré querer a otro ser como a esta criaturita?”, te preguntas. Ya verás que sí (y ésa será tu gran sorpresa cuando nazca tu próximo hijo).

4. Empiezas a entender, respetar y admirar a tus padres como nunca antes en la vida — “no es posible que mi mamá haya hecho todo esto”, pensaba, “¡con cuatro hijos, tan jovencita y sin pañales desechables!” — y crece genuinamente tu comprensión y
gratitud hacia ellos.

5. Por primera vez entiendes que “sacrificio” no significa sufrimiento sino: “sacro” + “oficio”, o sea, “trabajo sagrado”.
Comprendes la enorme importancia del lugar que ocupas en el mundo como madre, y el gran valor de tu trabajo.

6. Aumenta tu compasión por todos los niños. Poco a poco te vas haciendo madre no sólo de tus hijos, sino de todos los demás niños del mundo. No soportas ver sufrir a un niño en las telenoticias, ni en una película de televisión, ni en la calle.

Y entre los cambios más cotidianos…

7. En tu casa, tu vida, tu trabajo… reina un nuevo orden, o más bien, desorden. Aceptarlo es clave para tu felicidad y paz interior, o sea que date por vencida y disfrútalo.

8. Descubres el placer y el valor de los momentos de silencio, de una ducha caliente al final del día, una tacita de té con una amiga, una película en casa con tu pareja, una noche de sueño profundo… y disfrutas a fondo cada uno de esos instantes.

9. Borras de tu diccionario la palabra “asco”. Cuando a tu hijo se le cae el chupón en el piso, lo recoges tranquilamente y lo “limpias” con naturalidad en tu propia boca antes de volvérselo a dar.

10. Aprendes a dominar el arte de la improvisación. Compones increíbles melodías, transformas tus dedos en marionetas, e inventas fantásticas y absurdas historias para mantener entretenido a tu bebé (sobre todo cuando está cansado, aburrido o enfermito).

11. Tu cinturita (y todo lo que queda al norte y al sur de ella) definitivamente no es la misma de antes, pero te sorprendes al darte cuenta de que estás mucho más interesada en el ombligo de tu bebé que en el tuyo propio.

12. Las horas dejan de tener 60 minutos y los días dejan de tener 24 horas. El tiempo ahora parece transcurrir a un nuevo ritmo (debido seguramente a algún arte de magia del bebé) y por ese extraño cambio llegas retrasada a casi todas tus citas.

13. Los momentos a solas con tu pareja son escasos y breves, pero los dos aprenden a disfrutarlos y aprovecharlos, aunque un cierto lloroncillo esté a punto de interrumpirlos.

14. Como un malabarista que va agregando más y más objetos a su acto, aprendes a hacer dos, tres, cuatro, cinco… cosas a la vez, ¡y sin que se te caiga ninguna pelota!

15. Compruebas que nada, ni siquiera las matemáticas, es una ciencia cierta. Al fin y al cabo 1 + 1 = 3, y 3 no son demasiados, sino… una familia.

Y por fin, como esa leona que defiende a sus cachorritos, a medida que crecen vas “soltando la rienda” y te das cuenta que ser mamá no significa proteger eternamente a tu niño de los peligros, problemas y conflictos de la vida, sino permitir que vaya enfrentando sus pequeños problemitas, confiada en haberle dado las herramientas necesarias para que vaya aprendiendo a solucionarlos

Recientemente, Isha, una de las mamas en mi TL de twitter, posteó un articulo en su blog sobre La Liga de la Leche, y acordamos en que compartiría mi experiencia con ellos, la cual hasta ese momento se resumía a un e-mail sin responder y un breve intercambio en la Feria del Bebé.

Ya había leído sobre La Leche League en artículos sobre lactancia, pero un día finalmente se me prendió el foco de meterme a su website y así fue como finalmente descubrí que LLL tenía capítulo en Panamá y que ese fin de semana estarían el la Feria del Bebé.

Para esos días, recientemente me había reintegrado a mi trabajo y no se me estaba habiendo fácil eso de estarme ordeñando en la oficina, así que eso de contar con un grupo de apoyo me sonaba sencillamente maravilloso.

Les escribí (ese correo en particular no ha sido respondido todavía) y fui al stand de LLL en la dichosa feria.

Como en el website hablan de “líderes locales”, yo esperaba encontrar mujeres maduras, prestas a compartir su experiencia como madres o que sé yo… En vez de eso, vi fue no más de cuatro muchachas como de mi edad repartiendo volantes con un muñeco amarrado al frente como si fuera un monito. Eso fue hace ya casi dos meses.

Hace unas semanas recibí una invitación a una de sus reuniones de apoyo. El tema anunciado: Factores para una lactancia exitosa. Escribí de vuelta de inmediato para pedir la dirección y pregunté si podía colocar la información en twitter.

Esta vez sí me contestaron. No había problema con que posteara la información, pero la persona me aclaró que solo compartiera el mapa con alguna amiga de confianza… Por seguridad…

Ahora, el correo no solo trataba sobre la invitación, sino que habían recordatorios dirigidos a las regulares sobre devolución de libros y pagos por alquiler de extractores de leche.

Alquiler de extractores de leche? El concepto no me era extraño ya que había leído sobre la opción en un artículo en Breastfeeding Magazine. Lo primero que se me vino a la mente fue qué tan sofisticados serán estos aparatos en particular para que te vayas por la opción de alquilar, cuando el que yo tengo, uno eléctrico marca Pigeon, solo salió en $45 y digo yo que me ha funcionado.

Según este artículo, un buen sistema de extracción de leche sale en unos $300 machacantes, pero en el momento no le paré mucha bola al tema ya que basado en lo que costó el mio, estos debían ser unos monstruos industriales.

El día que me llegó el anuncio de LLL, le comenté a Tomás sobre el tema de alquiler y el me dijo que cuando fue a comprar el que yo tenía, vio extractores hasta de $125, pero mi mamá le dijo que no se metiera a loco a comprar una bicha tan cara, y que yo ya me las arreglaría con el más barato.

Conociendo a mi madre, no me extraña que dijera algo así, palabras más, palabras menos. Lo que cabrea es que Tomás aun se queja de que también siguió el consejo de mi mamá para escoger la esterilizadora y esta solo tiene capacidad para cinco botellas…

Volviendo a LLL, no llegué a la reunión de ese sábado, en vista de que me perdí magistralmente… y estas mujeres se preocupaban por issues de seguridad.

Volví a recibir otra invitación. Esta vez la reunión era viernes a las 6:30 p.m. y era a un par de cuadras de mi trabajo, así que esta vez llegué fácilmente, aunque la aspirante a líder (porque así se identifican) igual me hizo la aclaración que si necesitaba mapa, con gusto me lo facilitaban, pero que no lo compartiera… por seguridad.

No se me ocurre que alguien vaya a querer irrumpir en una reunión pro-lactancia, o que nos vayan a querer secuestrar. En Panamá es más probable que te hagan un secuestro express, que es un evento fortuito que le puede ocurrir a cualquier ciudadano, que te secuestren por un rescate porque eres hijo de alguien prominente o gerente de alguna multinacional…

Anyways… Isha me había comentado que podía esperar tres o cuatro líderes en la reunión, eramos siete mujeres, incluyendo la líder, la aspirante a líder y anfitriona de la reunión, y otras cinco mujeres de las cuales, la única no embarazada era yo.

Cada quien se presentó y compartió su historia: las que ya éramos mamás, de cómo nos había ido o nos estaba yendo con la lactancia y las embarazadas contaban cómo les estaba tratando la panza. A todo esto, de las que ya éramos mamás, la única que actualmente estaba dando pecho era yo…

Debo decir que la reunión fue bastante educativa. Corroboró algunos datos que ya había leído en libros e internet y aprendí un par de datitos nuevos y muy útiles.

Por ejemplo, aprendí que un nino no tiene ritmos de sueño establecidos hasta los tres años y que dar pecho es una de las mejores armas que una mujer tiene contra la osteoporosis.

Según mi mamá, no hay que ir a la universidad o a ninguna reunión de apoyo para tener esta información a mano, pero en realidad no es tan fácil como lo ella lo quiere pintar. Claro, mi mamá es super mamá…

Ella cuenta que yo tomé pecho como hasta los seis meses, mi hermana un poquito menos y eso es suficiente. Yo quiero poder darle a mi hijo pecho por más de eso.

Lo mejor es que hay información actual, coherente y con fundamento científico que validan este deseo como madre, además que darle pecho a mi bebé es algo que nadie más puede hacer.

Mi abuela estaba ahí también cuando le eché a mi mamá el cuento sobre la reunión, y me dijo algo así como “crees que es una gran cosa la que estás haciendo”.

La verdad estoy más flaca que antes de quedar embarazada, pero me estoy alimentando bien, me siento saludable y saber que mi bebé come lo que yo como es un grandísimo estímulo para cortar porquerías de mi dieta. Ya ni soda tomo…

Le podrán dar una botella con fórmula, pero no sabe igual. Le podrán dar una botella con leche materna, pero no con el calorcito de mamá.

Ya bastante chiste hicimos con la pobre lechuza y Lucho Moreno. Yo inclusive puse un par de tweets diciéndole a una amiga que Hedwig le iba a dar de picotazos por no pasar una cadena de BlackBerry.

Ya sabemos que el tipo metió la pata (literalmente), y la está pagando bonito. Además, ahora con los carnavales, esto se ha vuelto una muestra más de que lo que el pueblo quiere es pan y circo, y estamos desviando nuestra atención de cosas realmente importantes.

Digo, nadie hizo revuelo porque derogaran la ley de minería, después de todo el desbarajuste que hicieron para lograrlo…

Habiendo dicho todo esto, comparto una nota que mi querido Tomás colgó en Facebook…

Miopía socio-política o estrabismo selectivo?

Me motiva escribir esta nota algunas experiencias que he estado viviendo esta última semana, y a las luces de la polémica del jugador panameño que patió un ave en un campo de juego a plena televisión nacional en el extranjero.

Con honestidad, y a riesgo de sonar insensible y que desmejore la opinión que muchos tienen de mi persona, pienso que se está haciendo DEMASIADO alboroto de un error humano.

¿Saben cúal siento que es el problema?  La falta de perdón y de tolerancia.

¿Pero que pasaría si todos nuestros errores fueran publicados en los medios?  Si cada una de nuestras faltas fuera exacerbada por una multitud enardecida que pidiera nuestras cabezas, saben qué me recuerda? Me recuerda una escena de una prostituta, una muchedumbre, y una voz que de entre la multitud, emitió lo que es hasta hoy una de las frases más célebres: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra…”

Si no me equivoco, todavía nadie la lanza… AH SI! los colombianos.

Cada uno de nosotros debe hacerse responsable de las consecuencias de nuestras acciones, y a él le tocará hacerse responsable de las acciones que cometió.  Pero es algo que deberá enfrentar él como persona.  Nadie debe ponerse en la posición de juzgar.

Personalmente no estoy de acuerdo con su actuar, mas no soy quien para condenarlo y llegar al extremo de decir que no merece vivir, como he leído en múltiples foros y chats en la web.

¿Pero qué puedo esperar de un pueblo que se asesina entre ellos mismos?  Recuerdo la muerte del defensa colombiano quien fue asesinado en su regreso al país cafetero por el autogol frente Estados Unidos, lo que le costó la eliminación al conjunto sudamericano en primera ronda.

¿Sabían que es una práctica común, cuando se hacen concursos de belleza en diferentes estados de colombia, el eliminar la competencia o las figuras favoritas del certamen con atentados de ácido sulfúrico a los rostros de las candidatas?

Pero yo no veo que el pueblo colombiano censure esas prácticas, y persiga a los agresores para llevarlos a la justicia.  ¿Y qué hablar del tráfico de mujeres de colombia a panamá?

¿Pero para qué señalar las faltas de la casa ajena, cuando aquí estamos manga por hombro?

Este año escolar empezó con escuelas poco o nada terminadas, con estudiantes con pocos o ningún recurso.  Maestros aferrándose a unas cuantas resmas de hojas blancas y unos cuantos lápices y crayones para poder enseñar.

A principios del mes de febrero hice un viaje de reconocimiento para una ruta de trillo por el valle.  Jamás hubiera imaginado encontrarme con los niveles de miseria que presencié.

Niños desnutridos, escuelas faltas de mantenimiento, poco o ningún recurso para los maestros.

Y yo no veo que de eso se haga noticia, o se divulgue y se hagan campañas para llevar ayuda a esas comunidades.  Y mucho menos veo que se solidaricen y se hagan recolectas.

Somos totalmente indiferentes a la realidad y al dolor nacional.  Y mientras el pueblo se distrae con una lechuza muerta, el gobierno se prepara para recortar los subsidios al consumo de 500 kwatts de energía eléctrica debido a la inminente alza descontrolada del petróleo, y quienes serán afectados, serán los hogares de pocos recursos.  ¿Y la atención del pueblo?  Esquiva, o indiferente.  O peor aún, no se han dado ni por enterado, pues la noticia del momento, es la lechuza.

Somos como somos, por eso nos merecemos lo que tenemos.  Volteamos la mirada a las problemáticas colectivas, porque no es nuestra incumbencia o porque no queremos la responsabilidad de vernos envueltos.  Así que simplemente volteamos la mirada.  Volteamos la mirada a los niños que caminan cinco kilómetros descalzos para poder llegar a un centro básico general.  Volteamos la mirada a las comunidades que no tienen como salir a comprar un cartón de leche.

Volteamos la mirada a la falta de apoyo a las comunidades de escasos recursos.  Y volteamos la mirada.

¿O será que somos viscos selectivos?

No nos sorprenda cuando Dios voltee su mirada de nosotros como pueblo…

Este fin de semana acudí al canto de la sirena de la Feria del Bebé.

Como nueva mamá, pensé que sería una salída que me permitiría ver los productos que ofrecen las distintas casas fabricantes de chécheres de bebé y llevarme a casa una que otra muestra para probar cosillas nuevas para Daniel, sin embargo, la realidad que encontré fue muy distinta.

Primero, cualquiera pensaría que al tratarse de una feria sobre bebés, sería un lugar amigable para mujeres embarazadas o con bebés, pero no solo el lugar estaba atestado de gente, sino que cada stand competía a ver cuál era el más escandaloso.

Al principio Daniel alzaba su cabecita para ver a su alrededor, pero el ruido y la aglomeración era tal que le dio hipo, supongo que del susto. Tratamos de solucionarle el hipo con una botellita, pero sin éxito, por lo que decidimos buscar alguna esquinita para sentarnos y poder dar pecho, que es lo único que le ha funcionado a mi hijo en estos casos.

Esto me lleva de vuelta al hecho de que se supone que la audiencia meta de esta feria son futuras mamás o mamás con bebés (disculpen si esto se vuelve redundante), pero el recinto carecía de lugares, de preferencia al menos medianamente tranquilos para sentarse a descansar un ratito o a darle pecho o botella a un bebé.

Las opciones se limitaban a las escaleras, un par de butacas en el stand de Pampers y una triste silla reclinable en el stand de La Liga de La Leche.

Según Tomás, toda la feria era una trampa para mamás y hombres solteros (por las azafatas), y nuestra pequeña familia no pudo por mucho rato más con el escándalo de la feria.

Ya íbamos de salida cuando me topé con una de las chicas de Expo Eventos, a quienes conosco por cosas de trabajo, y aproveché para darles mi lista de recomendaciones para el próximo año, aunque la verdad no creo que vaya… lo único es que los productos te los ofrecen supuestamente más baratos que en los almacenes, pero solo un 20% y hay charlas para padres, pero son las mismas charlas que ofrece la gente de Pigeon, que además de ser gratuitas, no tienes que pelear con la turba de gente.

Mamás: todo se ve novedoso y bello y brillante… ¡cuidado!

Llevo ya un mes y sencillo peleando con fotos, video y música para armar una película sobre la llegada de mi bebé.

En uno de los segmentos de video, aparece cuando llega la enfermera con mi hijo para que le diera pecho por primera vez y se escucha clarito a mi abuela en el fondo diciendo “ay mira, no sabe”.

No entiendo cómo esperaba ella que supiera dar teta si era la primera vez que lo hacía (además que estaba rellena de cables por todos lados por la intravenosa, la bomba del analgésico y la sonda), o si las  mujeres de antes eran tan expertas para cuando tenían su primer hijo. Aun estoy deliberando si quitarle el audio y poner una pista musical encima, o dejar un subtítulo sarcástico que tengo por ahí, pero como siempre, me desvío de tema.

Al principio dar pecho era complicado. Gracias a Dios, Daniel se pegaba al pecho con facilidad, pero no tenía forma de saber cuánto estaba comiendo, además que sacarle los gases a un recién nacido es una odisea y siempre estaba la tentación de zamparle una botellita de fórmula, que mi mamá me conseguía ya preparadas, por si las moscas.

Llegó un punto en que me frustraba, y tampoco ayudaban mucho los comentarios entre en broma y en serio por parte de mi tío de que me iban a botar de la cooperativa de lecheros. Para esos días, el genio del padre de mi bebé hizo una de sus famosas salidas de shopping donde compra más de la cuenta y llegó a casa con un sacaleche eléctrico, uno manual, un par de protectores de pezones y otro poco de chécheres que a estas alturas todavía no les tengo utilidad, pero que ya no podemos regresar.

Decidí probar con el extractor eléctrico (todavía no sé por qué con ese y no con el manual) y después de un rato logré sacarme 2 oz. de leche, y al rato otra más. A partir de eso, y siguiendo el consejo de mi ginecóloga de tomar bastantes líquidos y pegarme al niño como fuera, empecé a chorrearme y ver cosas realmente bizarras que le he descrito a mi hijo con dibujitos y todo, para que sepa lo que le espera cuando sea padre.

Hace poco encontré en La Prensa un artículo Barreras para amamantar, por la periodista Maybel Mainez Phillips, y como nueva mamá, fue reconfortante leer las explicaciones del Dr. Alberto Bissot, director médico del Hospital del Niño, sobre la falsa creencia de que solo la leche materna no es suficiente para alimentar a un bebé.

He podido alimentar a mi bebé casi exclusivamente con pecho, lo cual es una gran bendición, sin embargo, en los casi dos meses desde que mi bebé nació, no han faltado comentarios como “¿Estás segura de que con eso está lleno?” o “recuerda llevar suficiente fórmula para que no andes como chola sacando la teta por la calle,” y la verdad me entristece mucho ver como pintan una de las experiencias más gratificantes de ser madre como si fuera algo vergonzoso, en especial cuando la familia debiera ser el primer punto de apoyo para toda nueva mamá.

Así una tía llegó a burlarse con un “Ah, sí. Como si fueras la da más leche”, y así mismo disfruté su cara de incredulidad cuando así como quien no quiere le dije que acababa de meter una botella de 4 oz en la refri mientras seguía dándole pecho a mi bebé.

Poder alimentar a mi hijo a punta de pecho ha sido motivo de orgullo. Sé que le estoy dando lo mejor para su desarrollo físico y emocional, y que mi bebé no es una triste estadística más.

Pronto regresaré a trabajar, lo que quiere decir que el camino se hará más escabroso, pero tengo entre ceja y ceja la meta de poder darle pecho a mi Daniel, al menos hasta que cumpla los seis meses.

Solo puedo decir que en un mes, mi bebé subió 3 lbs. dándole pecho casi de forma exclusiva.

Llevo ya un par de días postergando este post. Tal vez sea porque yo misma no creo que sea cierto sobre lo que estoy a punto de escribir, lo cual creo que hasta cierto punto creo que raya en la desfachatez, o que ya el tema del incendio en el correccional de Tocumen está perdiendo vigencia, pero igual aquí va:

Hacía un par de días recibí un correo del escritor Carlos Fong sobre los hechos del pasado 9 de enero en el centro de cumplimiento de Tocumen, al cual respondí lo que sirvió de base a mi entrada “El no era malo…”.

No recibí ninguna respuesta de vuelta ni tampoco la esperaba, en vista que recibí dicho correo por ser parte de su base de datos, sin embargo, unos días después de eso recibí otro correo de este escritor, quien esta vez compartía nada menos que un poema, como verán más abajo, dedicado a los jóvenes del centro de cumplimiento de menores.

Nuevamente respondí y para sorpresa mía, esta vez sí recibí respuesta, cargada con lo que creo fue producto de la impresión un tanto errónea de que soy una perra inmune al sufrimiento de estos muchachos y sus familiares.

No lo soy. Pero honestamente estoy bastante hastiada del drama y de que hablen de ellos y sus sueños, como si estuviesen hablando de los niños del Hogar Malambo. Ya nadie habla de los sueños de muchachos como Daniel Carrizo, quien hace casi un año murió a manos de otro chiquillo  (ver “Creo en Jesús…” y Daniel Carrizo / un legado de justicia y paz).

Saben… mi sueño es que mi hijo pueda crecer con su papá y eso casi me lo quitan los criminales.

A continuación, comparto el intercambio…

 

 

—–Original Message—–
From: Carlos Fong <carlosfong27@gmail.com <mailto:carlosfong27@gmail.com> >
Date: Sun, 23 Jan 2011 03:21:31
To: <carlosfong27@gmail.com <mailto:carlosfong27@gmail.com> >
Subject: Fwd: No fuimos héroes

No fuimos héroes
(Dedicado a los jóvenes del Centro de Cumplimiento de Menores).

No fuimos héroes.
Tan sólo un grito en una celda mojada,
un castigo silenciado por la
ira del fuego indiferente.
Aviones derribados
sin alas
sin nubes
sin destino.

No fuimos héroes.
Jamás merecimos un poema,
una canción,
o una ofrenda.
Ganamos un tributo amargado.
Sólo fuimos un enjambre de dedos pegados al barrote
implorando la piedad entre el humo y la risa.
Con ligeras y dulces caricias en las nalgas
escapamos para ir a morir uno a uno;
porque así morimos los pobres.

No fuimos héroes
la patria no tiene por qué recordarnos
Ni llorarnos
Ni honrarnos
Seremos sepultados sin bandera
Sin discursos
Ni resoluciones.

No fuimos héroes.
Sólo fuimos hijos de la violencia y el miedo.
El odio que consumimos, ya lo probamos.
La rabia que sentimos, se nos regresó con dedicatorias.
La deuda que debíamos, la pagamos
con cenizas y un rastro de piel .

No fuimos héroes, ni mártires.
Sólo fuimos una raza
una especie
criaturas
masacradas,
el dolor de un racimo de madres que
también lloró un 9 de enero.

Por Carlos Fong


Carlos Fong
Ciudad de Panamá
(507) 64032517
Visite: http://miradadenuchu.blogspot.com/
“La modernidad sin tradición es tan vacía como la tradición sin innovación “.
José Antonio MacGregor

El 22 de enero de 2011 20:15, Susana M. Lezcano <susanamveliz@hotmail.com <mailto:susanamveliz@hotmail.com> > escribió:
Estimado Carlos,
Como le había comentado en un correo anterior, nadie merece morir de la manera en que uno a uno estos muchachos está muriendo, pero ninguno de ellos se puso la mano en el corazón antes de llevar a cabo las fechorías que los llevaron a ese centro de cumplimiento.

Dices en tu poema que “así mueren los pobres”. Dime por qué ahora nadie recuerda que ser pobre no es excusa para ser maleante.

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—–Original Message—–
From: Carlos Fong <carlosfong27@gmail.com>
Date: Sun, 23 Jan 2011 04:21:33
To: <susanamveliz@hotmail.com>
Subject: Re: Fwd: No fuimos héroes

Hay muchas cosas que recuerdo, pero son más las que quisiera
olvidar.
Para mí hay dos clases de seres humanos: los que optan por salvar al hombre
y los que optan por destruirlo.
Estamos condenados a elegir.
Yo ya elegí y usted también.
cf

Exacto. Ellos eligieron también y aprendieron de una forma cruda que el crimen no paga.
Ser menores de edad no los hace menos responsables de sus actos y no es justo compararlos con los mártires de enero del 64. La fecha es pura coincidencia.
Dios quiera que al menos uno de los dos que aun quedan vivos pueda echar el cuento y evitar que otros jóvenes caigan.

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